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¿Qué es la Iglesia Ortodoxa rusa?

¿Qué es la Iglesia Ortodoxa rusa?

Muchas personas han oído hablar de la Iglesia Ortodoxa pero no conocen en qué se basa las diferencias que hay entre sus Iglesias y la razón por la que apareció. Por esta razón, vamos a enseñarte un poco más acerca de los aspectos importantes que debes conocer sobre la Iglesia Ortodoxa.

Es importante conocer estos temas para evitar la mala publicidad que se le ha hecho a esta religión.

¿Qué significa ortodoxo?

La palabra ortodoxo significa convencional y cuando es aplicada a la religión, consideramos que los cristianos ortodoxos se mantienen a las creencias cristianas convencionales.

Mucha gente cree que la palabra ortodoxo se dice debido a que las creencias religiosas Ortodoxas son muy conservadoras y que la palabra ortodoxa significa que ellos mismos han elegido mantenerse junto a las costumbres tradicionales y la utilización de ornamentos establecidos por la Iglesia inicial de Jesucristo.

Por otro lado, el significado secular de la palabra ortodoxo significa qué es lo que en la mayoría de la gente piensa que es verdadero, por lo que mismos ortodoxos consideran que la Iglesia Ortodoxa es la verdadera. Por lo tanto la Iglesia Ortodoxa esta basada en la utilización de todas aquellas escrituras que fueron utilizadas por las vertientes de la Iglesia.

El cristianismo ortodoxo

La palabra ortodoxo fue utilizado por primera vez en el primer siglo ya que muchos ramas herejes se habían separado del cristianismo. Al principio de la Iglesia, cualquiera que no estuviera enseñando o creyendo en el cristianismo ortodoxo era considerado un hereje.

Originalmente, la Iglesia cristiana Ortodoxa creían en las doctrinas y enseñanzas que tenía la iglesia original y que eran aceptadas por todos los cristianos. A partir del año 1054 DC, con el gran sismo, la Iglesia se separó en dos, una que fue considerada la Iglesia universal o católica (católico significaba universal) y la otra que fue nombrada Iglesia Ortodoxa.

Las diferencias con otras Iglesias no Ortodoxas

Aunque las diferencias que existen entre la Iglesia Ortodoxa y las otras vertientes del cristianismo no son muy grandes, sí que existen diversos matices que hacen que estás Iglesias fueran completamente diferentes. Entre estas diferencias podemos encontrar algunos ejemplos como:

  • La Iglesia Ortodoxa utilizan mucho más a menudo que los protestantes, los iconos religiosos.
  • En la Iglesia Ortodoxa no existe una lengua litúrgica universal la Iglesia Católica con el Latín.
  • La Iglesia Ortodoxa sigue practicando la idea de que los clérigos pueden casarse.

Estos son sólo algunos de los ejemplos que hace de los diferentes vertientes del cristianismo algo único.

Diferencias entre las diferentes Iglesias Ortodoxas

Aunque podemos ver que hay diferentes nombres dentro de la Iglesia Ortodoxa, como la Iglesia Ortodoxa griega o la Iglesia Ortodoxa rusa, en realidad estas diferencias se basan mayormente en aspectos de lengua o geográfico mas que en temas teológicos ya que ambas se basa en la veracidad de la biblia, creyendo en la Trinidad y la relación de las escrituras.

Por esta razón, podemos decir que los diferentes Iglesias Ortodoxas existentes hoy en día son básicamente iguales y que por lo tanto se tiene que hablar de ellas como una única Iglesia.

La litúrgia

La litúrgia

1. Introducción

Si las iglesias ortodoxas están llenas de luz, de calor, de intimidad, es porque cada punto de los muros está animado y representa el cielo, pone al hombre en comunión con sus hermanos mayores: los ángeles, los profetas,los apóstoles, los mártires y los santos; verdaderamente el hombre está de visita con Dios y en el cielo. Através del icono, el culto litúrgico, los ritos que participan con toda naturalidad de los detalles de la vida cotidiana, la Biblia se hace asombrosamente viva, y el cielo, muy cercano, íntimo, casi palpable. Es una especie de «teomaterialismo», una visión de la naturaleza de Dios que lo convierte todo en transparencia con esas presencias forja la insaciable de lo puro y lo absoluto; los cirios coronados de llamas hablan del ardor de la fe y las vidas de los santos, proclamadas en los cánticos y mostradas en los iconos, enseñan que las exigencias divinas de los santos Evangelios son perfectamente realizables y se dirige a todos.

En la continuidad orgánica de los planos, la nube de incienso continúa el movimiento de los brazos levantados del preste que «colecta» el empuje ecuménico de las almas hacia la comunión. Igualmente la bendición con la cruz de los cuatro puntos cardinales del universo inclina todo el mundo cardinal bajo la energía santificante de la gracia. Durante las vísperas ortodoxas, la bendición del aceite, del vino y del trigo santifica el principio de la fecundidad de la tierra y enseña al hombre que la tierra que labora es santa, que los productos que saca de las profundidades del subsuelo no son sólo unos agregados químicos, sino un presente vivo que participa en el misterio eucarístico, y que incluso la fecundidad de la tierra está en relación directa no sólo con los abonos y las estaciones, sino también con la espiritualidad del hombre.

Al romper el pan, el hombre recita el benedicite: el acto de comer es siempre un recuerdo del misterio eucarístico. Al contacto del espíritu, la materia se hace suave y manejable; de su masa inerte y pesada surge una belleza, cincelada toda ella de signos y palpitante de vida. El hombre está llamado a sacar de las cosas la más maravillosa de las oraciones: un templo. «He aquí al rey de la gloria que entra; he aquí el sacrificio misterioso que se ofrece. Acerquémonos con fe y amor; somos los participes de la vida eterna».

2. La oración litúrgica, tipo de oración

La palabra liturgia significa obra del pueblo: leitourgia = hérgon toú laoú. Si las necesidades del momento estimulan la oración individual, la oración litúrgica brota siempre de la verdad total, remonta todo particularismo y desbordamiento sentimental, y forma la conciencia católica. Repleta de una emoción sana y de una vida afectiva potente, tamiza toda inspiración subjetiva e impone su forma acabada, perfeccionada por los largos siglos de su vida de gracia.

La litúrgia enseña la verdadera relación entre la persona y la comunidad, entre el miembro y el cuerpo:«Ama a tu prójimo como a ti mismo». En los oficios litúrgicos estas palabras toman el relieve de lo vivido, nos ayudan a desprendernos de nosotros mismos, a apropiarnos la oración de la humanidad. Junto a nuestro destino, están los destinos de todos los hombres. Las letanías, como enormes olas, arrastran al fiel más allá de sí mismo, como enormes olas, arrastran al fiel más allá de si mismo y del círculo familiar hacia la asamblea presente, después hacia los ausentes, hacia los que están por los caminos y en peligro, en la tierra, mar y aire, hacia los que penan y sufren y hacia los que agonizan. Después la oración abraza a los que detienen el poder y las órdenes, la ciudad y la nación, los pueblos y las naciones, en fin, la humanidad entera; pide abundancia de frutos de la tierra y el orden cósmicos. La oración se acaba con la innovación ecuménica por la paz y la unión de todos.

En esta comunión el hombre, refrescado y renovado por este dinamismo de la caridad, vuelve a encontrar su propia verdad y la verdadera esencia de las cosas. Se ha roto la soledad e incluso la naturaleza, sumergida en la espera de su liberación, estalla en litúrgia cósmica:«Arboles, hierbas, pájaros, tierra, mar, aire, luz, todos me gritaban que existían para el hombre que eran testigos del amor de Dios para con el hombre; todo araba, todo cantaba la gloria de Dios»,

De este modo la litúrgia reaviva la verdad evangélica: la salvación de un alma, haciendo abstracción de los demás, se manifiesta imposible. El pronombre litúrgico, el «yo», jamás esta en singular. Un sacerdote tiene la obligación de no celebrar a solas la liturgia, es preciso que haya una segunda persona, y en ella todo el mundo, presente. Así la oración litúrgica se erige en canon, medida de toda la oración. Los Padres decían «oración» sin más, designando así la oración litúrgica.

El colegio sacerdotal y los fieles forman un solo cuerpo litúrgico en el que cada uno desempeña su función propia. Esta unidad humana explica por qué la ortodoxia jamás ha admitido el uso, en la Iglesia, de los instrumentos de música, sonidos sin palabras. Pues cree con toda justicia que sólo la voz humana puede revestirse con dignidad de responder a la Palabra de Dios y que el «coro» que canta con una sola alma es la expresión más adecuada del Cuerpo, unido al coro de los ángeles.

3. La materia litúrgica

Pasajes de las santas escrituras, sus paráfrasis y comentarios, constituyen el conjunto de los oficios litúrgicos. Además de los salmos y es de las partes del Antiguo Testamento, el Nuevo Testamento entero se lee durante el ciclo anual, según el orden establecido. A continuación vienen las letanías y diferentes cantos y oraciones sagradas de contenidos histórico y dogmático.

El ciclo está centrado sobre la liturgia eucarística y la prepara; son las horas, vísperas, completas, nocturnos, maitines. El ciclo anual sigue los acontecimientos de la vida del Señor. El ciclo anual sigue los acontecimientos de la vida el Señor. El ciclo semanal introduce en los oficios del día una conmemoración especial: miércoles y viernes, sufrimiento y muerte del Señor; lunes, las potencias celestes, angélicas; martes, san Juan Bautista; jueves, los apóstoles; sábado, la Théotokos. El libro llamado Typikon regula las partes móviles de cada oficio. El conjunto de los oficios constituye una verdadera teología litúrgica de una insuperable riqueza. Lo más vigoroso y más claro de la doctrina de los Padres se encuentra allí. Pronto se siente uno transportado por el movimiento seguro, de composición maravillosa, que abarca todas las partes de la revelación y responde a todas las necesidades de la vida espiritual. El elemento lírico y afectivo se halla inserto en elemento doctrinal en el que toda tendencia individual, disgregante, es corregida sin cesar, y la Verdad aparece equilibrada en todos sus elementos.

4. Lo eterno y lo temporal

La historia se desarrolla en el tiempo y se deposita en la memoria. Esta capacidad de trascender el fraccionamiento del tiempo está en la base del «memorial» litúrgico, pero su misterio va más lejos. Durante la litúrgia somos proyectados al punto en el que el eternidad se cruza con el tiempo, y en ese punto nos convertimos en coetáneos reales de los acontecimientos bíblicos, desde el génesis a la Parusía; los vivimos concretamente como sus testigos oculares. durante la liturgia, en el momento en que oímos «este es mi cuerpo», son las mismas palabras de Cristo las que resuenan a través del tiempo. No se trata de la repetición humana. Por la contemporaneidad litúrgica, comulgamos por encima del tiempo con lo que permanece de una vez para siempre, y entonces el oficio adquiere el valor de la vida divina, cuyo lugar es el templo. Los cristianos de los primeros siglos, con ese realismo tan pronunciado de la época, contemplaban naturalmente el mundo invisible, el templo inundado por el más allá: «Ahora todas las fuerzas invisibles están presentes con nosotros». Ellos veían la multitud de los ángeles, y en el oficiante, a Cristo en persona. Se comprende entonces ese temblor sagrado, ese respeto infinito, esa sensación intensa de «este lugar es santo», preciosa tradición, trasmitida de generación en generación desde el principio del cristianismo.

Cuando la puerta regia se abre, el reino de Dios está ya en medio de nosotros. El cielo desciende y el hombre se une al coro de los ángeles para salir al encuentro del que viene con toda dignidad:«He aquí que el Rey de Reyes avanza».

Durante el oficio de Navidad no se recuerda el nacimiento; asistimos realmente al acontecimiento, Cristo nace ante nosotros. Y en la noche de Pascua, el Resucitado se aparece a los fieles y esto les confiere la dignidad apostólica de testigos oculares. Igualmente, la lectura del Evangelio durante el oficio adquiere el poder del mismo acontecimiento.

5. La acción dramática

La liturgia es un misterio que se desarrolla en el escenario sagrado del templo e incluye en la acción la asamblea de los fieles. Es un drama dialogado y dirigido por el sacerdotes, asistido por el diácono, mensajero o heraldo y por el chóros, coros de los fieles. En este «servicio público» o «causa común», el pueblo presenta su ofrenda a Dios y dios los gratifica con su gracia y con su presencia. La barrera móvil que forman las puertas del iconostasio dirige los diferentes grados de acceso a lo celeste. Permaneciendo entre el santuario y la nave, el diácono, ángel-mensajero, anuncia lo que se prepara y dirige la acción común, entona el diálogo litúrgico, guía las oraciones de la asamblea y regula las posturas de todos y cada uno.

El sentido sicológico y estético muy refinado concuerda con el contenido celeste; es de la misma clave musical. El Sanctus, por ejemplo, marca el momento en que el pueblo se une al coro de los ángeles y canta el himno que recibió por revelación. Se encuentran otras repeticiones (por ejemplo el Trisagion) pero este himno, por su amplitud es único y no se repite. También se puede constatar la sobriedad exigida por la liturgia: el texto de Samuel 3, 41:«Levantemos nuestros corazones con nuestras manos hacia Dios que está en los cielos» se corrige por la maravillosa desnudez de estilo y queda en hánó scómen tas kardías. Sursum corda. La acción se agrupa alrededor de las «entradas» (la «pequeña» y la «grande» durante la liturgia) y así hace progresar la atención y la participación. Los textos 2 R 3, 25; 3R 3, 7; act 13, 24;Luc 13, 24 se refieren a la importancia que desde siempre se concedía a las entradas. Quien sabe entrar y salir «dignamente» es capaz de tener entre sus manos su destino y el del mundo.

En su conjunto, la liturgia es la representación escénica de los acontecimientos bíblicos y de la existencia histórica de Cristo. El simbolismo hierático es muy denso y los fieles son a la vez asistentes y actores de este drama litúrgico «Los que ejercen el sacerdocio saben que lo que se hace en a liturgia es la figura de los episodios de la venida del Salvador y de la economía de la salvación» «Todo el conjunto de la mistagogia es como la representación de un cuerpo único; a saber, la economía de la vida del salvador, poniendo ante nuestros ojos, desde el principio hasta el fin, todos los miembros de este cuerpo bajo la dependencia mutua y mutua y su armonía».

Durante las vísperas asistimos a los sucesos desde el génesis. La invocación del principio no es explícitamente trinitaria: «Bendito sea nuestro Dios», pero el oficio conducirá del Antiguo Testamento al Nuevo y terminará con el trisagion y la oración de la Trinidad. La puerta regia se abre, como el cielo abierto del paraíso. El sacerdote, precedido del diácono, que lleva un cirio encendido, da la vuelta a la Iglesia. El incienso simboliza al Espíritu que se movía por encima del abismo en el momento de la creación, y la llama del cirio, la palabra «¡Sea la luz!» . El salmo 103 que canta la alabanza de la creatura a su Creador, nos coloca en una época en la que el hombre, todavía no abrumado por del pecado, podía salir alegremente al encuentro de su Dios. Al grado siguiente, los salmos 129, 140, 141 marcan la caída y el destierro del Paraíso. La puerta se cierra.

En la soledad, cara a cara con su pecado, el hombre reza para que el Señor vuelva de nuevo su rostro hacia él:«Señor, te invoco». El coro y el lector, en un diálogo dramático en el que se encuentran los dos Testamentos, alternan los gritos de angustia y de alegría de las promesas. Entonces Dios se inclina hacia él y el misterio de la encarnación es proclamado por el canto llamado el himno dogmático de la Virgen. El sacerdote sale del santuario diciendo:«Sabiduría», saludo al Verbo que viene al mundo.

Inmediatamente después, viene el emotivo himno atribuido al mártir Atenágoras que confesó su fe bajo el emperador Severo hacia 169:«Oh radiante luz» -fós ilabón. Cristo fue revelado al mundo y nosotros vimos la radiante luz de la santa Gloria del Padre eterno. Después viene el cántico de Simeón; la humanidad de la Antigua alianza desaparece, haciéndole sitio a la Nueva Alianza. Las vísperas se terminan con la salutación del arcángel a la bienaventurada Virgen María; en los brazos de la humanidad reposa el Salvador del mundo. Así las Vísperas, igual que los Maitines, introducen a la liturgia eucarística.

6. La Eucaristía

Históricamente la liturgia se verifica en torno a la comida del señor. El Apocalipsis nos da la visión de lo que simultáneamente pasa en la tierra y en el cielo durante la liturgia:

«Vi… un cordero que parecía inmolado… ví y oí… la voz de una multitud de ángeles. Calamban con gran voz: El cordero es digno de recibir alabanza y gloria. Y oí a todas las creaturas que decían: Gloria al Cordero por los siglos de los siglos. Y los cuatro animales dijeron: Amén, y los ancianos se prosternaron y adoraron» (Apoc. 7, 9-12).

Los planos cosmos, humano y angélico se unen en la única eucaristía:«De la nada nos llamaste al ser, y no has parado de obrar antes de elevarnos al cielo y abrirnos el Reino del siglo futuro». El principio alcanza el fin; al Génesis responde el Apocalipsis. En verdad el mundo ha sido creado para la comida mesiánica:«El ángel me mostró el río de agua viva… y sobre las dos orillas del río se encontraba el árbol de la vida» (Apoc. 22,1-12). En esta visión del mundo futuro, los Padres distinguen la imagen de la Eucaristía eterna; pero ya aquí, en la tierra «quien come mi carne y bebe mi sangre tiene la vida eterna» (Jn 6,54).

La Eucaristía en el mundo es ya algo diferente al mundo: «Que llegue la gracia y que pase el mundo», exclama la oración eucarística de la Doctrina de los doce apóstoles. Ante el anuncio escatológico el mundo se eleva todo entero: la encarnación, la expiación, la resucción y la Parusía se anuncian desde el fondo del mismo cáliz. Es la esencia del cristianismo: el misterio de la vida divina se constituye en misterio de la vida humana, «para que todos sean uno, como tú Padre, estás en mí y yo en tí» (Jn 17,21).

Es por lo que a la constitución de la Iglesia el día de Pentecostés, le siguen inmediatamente la revelación de su naturaleza: «Perseveraban en la comunión fraterna, partían el pan y oraban juntos» (Act 2, 46). La expresión se convierte en el estudio eucarístico de la misma vida: «Todos los que creían vivían unidos, teniendo todas las cosas en común» (Act.2, 44). Por medio del pancristo, los fieles se convirten en ese mismo pan, ese mismo amor uno y trino, la oración sacerdotal vivida por el hombre.

Estamos lejos de la escueta conmemoración, cada vez que un fiel ortodoxo se acerca a la santa cena, dice: «Hazme hoy participe de tu cena mística, oh Hijo de Dios». El recuerdo reproduce; el memoriallitúrgico invita a participar en lo único que permanece. San Juan Crisóstomo dice: «Toda la Eucaristía se ofreció una vez y jamas se ha agotado. El Cordero Dios, comido una vez y jamás consumado». Y Nicolás Cabailas:« El pan se hace Cordero».

La materia cambiante del mundo toca al más allá y se convierte en su parcela. San Ignacio y san Juan Crisóstomo llaman a la Eucaristía «cuerpo de Dios», fermento y pan de inmortalidad. Ahora se puede comprender todo el sentido de las palabras «Quien come mi carne tiene la vida eterna» (Jn 6,54 y 56). Aquí yace el último misterio de la Iglesia:«Tú que me diste voluntariamente tu carne en alimento;tú eres fuego que quema a los indignos, no me quemes, mi Creador, antes bien penetra todos mis miembros, todas mis articulaciones, mis riñones y mi corazón. Consume las espinas de todos mis pecados, purifica mi alma santifica mi corazón, fortifica mis piernas y mis huesos e instálame completamente en tu amor».

Hasta el siglo IX, el respeto por la Eucaristía era tan grande que nunca se hizo cuestión de ella. Después de san Ambrosio (De sacramentis), en Occidente, en los siglos IX XI, surge por primera vez la cuestión del «que» y del «como». En las discusiones posteriores el verbo «ser» toma sentido del verbo «significar». «Este es mi cuerpo» se convierte en «éste significa mi cuerpo». Ahora bien, la Iglesia ortodoxa jamás se planteó la cuestión eucarística, por la sencilla razón de no haber aceptado el verbo «significar». Fiel al texto sagrado de las Escrituras y parándose claramente ante el misterio, afirma la identidad que salta a la vista:«Este es mi cuerpo» y lo acepta íntegramente en cuanto milagro inefable del amor divino. Al contrario, la tradición oriental es rica en reflexiones sobre la epíclesis y el espíritu neumático de la Eucaristía.

7. El milagro de la Eucaristía

El padre Sergio Bulgakoff, en su magistral estudio El Dogma Eucarístico, expone claramente la concepción ortodoxa. Si, en las bodas de Caná, el agua se cambia en vino, es una materia de este mundo la que cede el puesto a otra, aunque siempre de la misma naturaleza de este mundo: el milagro es físico. El pan y el vino eucarístico devienen, se metamorfosean en una realidad que no es de este mundo: el milagro metafísico. La antinomia eucarística crucifica nuestra razón: rebasa la ley de la identidad, sin destruirla, pues es la identidad de lo diferente y la diferencia de lo idéntico. No es una transformación en los límites de este mundo, sino metabole, transensus metafísico y coincidencia de lo trascendente y de lo inmanente. Por eso el vino de caná era accesible a los sentido y la sangre eucarística es el objeto de la fe:«Creo y confieso… que este mismo es tu cuerpo purísimo y que esta misma es tu preciosa Sangre». E inmediatamente la fe afirma el realismo al mayor grado de evidencia y con un efecto inmediato:«Que la participación a tus santos Misterios, Señor, … me sirva para…la curación de mi alma y de mi cuerpo… para la remisión de los pecados y la vida eterna».

La doctrina de santo Tomás sobre la transubstación, al igual que la de Lutero sobre la consustaciación, dogmatizan una concepción filosófica de las relaciones entre la sustancia y los accidentes. El milagro está en la persistencia de los accidentes unidos a otra sustancia (transubstación), o en la penetración del pan, que representa las dos realidades (consustanciación): el pan que sustituye o al que se añade una presencia espiritual o corporal -sustancial. La sustancia es Christus totus et integer. Sin dejar el cielo, se encuentra sin embargo en la tierra y constituye la sustancia eucarística. Desde el punto de vista del cuerpo celeste, transubstanciación y companación son variaciones sobre el mismo tema:presencial sustancial de Cristo en y bajo las especies del pan (in pane, sub pane, cum pane), o bajo los accidentes o formas de pan. Pero una cosa es el metabolismo del pan en carne celeste para ser comida, y otra cosa es la presencia de Cristo en las especies, con su bajada del cielo y su consecuencia lógica: el culto de adoración de la presencia terrestre, física, de Cristo y por consiguiente, la negación de la Ascensión.

El cuerpo celeste de Cristo ya no pertenece más a este mundo. No está «en todas partes», pues está fuera y por encima del espacio. No espacial, aunque pueda encontrarse y manifestar, según su voluntad, en cualquier punto del espacio localizado. Esta localización nos es necesaria, pues de otro modo no podríamos comulgar con lo invisible. Pero el cuerpo celeste no está bajo, con, ni en el pan (consustanciación) ni en lugar del pan (transubstanciación), sino que es ese cuerpo:«Este mismo es mi cuerpo». Según san Irineo, por la epíclesis el pan eucarístico no oculta otra presencia, sino que une el alimento celeste y el de la tierra, identificándolos: es el milagro. El sacerdote sumerge el Cordero en su sangre y es el cuerpo vivo, no un signo o una ilusión de los accidentes. Tampoco es una reencarnación de Cristo en las especies, sino la metabolé total de la sustancia y de los accidentes en la carne celeste. No se trata de sostener los accidentes de pan, sino mantener el estado de nuestro ojos, incapaces de contemplar la carne celeste, guardando la ilusión de las apariencias. El pecado de la doctrina es el de ocuparse del objeto y no del sujeto, del pan y no del hombre. No hay que analizar quasi-químicamente el milagro en función de nuestros sentidos; mas bien hay que acusar a nuestros sentidos de no percibir el verdadero milagro, la realidad celeste. Hay una analogía en el milagro de la Transfiguración del Salvador en el Monte Tabor. No cambia Cristo. Son los ojos de sus discípulos que se abren por un momento. San Juan Damasceno dice:«La epíclesis opera lo que no es accesible más que a la fe». Es pues inútil filosofar sobre esto. Los occidentales, en sus doctrinas, tratan de penetrar al corazón del milagro y de explicar lo que significa; los orientales miran con los ojos de la fe y ven de entrada la carne y la sangre y nada más.

La Eucaristía se da en «alimento» para ser consumida. La adoración de los dones cosifica la manifestación de lo celeste y contradice la Ascensión. La ortodoxia no expone los dones, sólo los guarda para la comunión. La adoración en el transcurso de la liturgia es una parte integrante de la adoración litúrgica del misterio de Cristo. Se prosterna no ante los dones, sino ante el Espíritu en los dones, ante el advenimiento litúrgico de Cristo que el Espíritu manifiesta y que ya no tiene la misma realidad fuera de la Litúrgia.

San Juan Damasceno expresa la doctrina de la Iglesia diciendo:«No es que baje el cuerpo subido al cielo, sino que el pan y el vino se cambian en carne y en sangre y no hacen más que uno y lo mismo» Igualmente la Encíclica de los patriarcas orientales dice:«El pan deviene uno con el Cuerpo que permanece en los Cielos».

El obispo Benjamin de Arsamasa en la Nueva Mesa habla de las tres proscomidis, tres ofrendas en el transcurso de la Litúrgia: la primera ofrenda proviene del mundo que se coloca sobre la mesa del sacrificio el pan y el vino; la segunda es el traslado de estos dones presantificados a la mesa del altar y, por fin, la tercera es el traslado de los dones del altar visible al altar invisible de la santa Trinidad, la elevación al cielo por la invocación de la epíclesis y su metabolismo en sangre y carne de Cristo ofrecidos de nuevo en el altar visible del Templo. Así el pan y el vino alcanzan la realidad celeste de Cristo convirtiéndose en su parcela:«No es la inmolación indefinidamente repetida del Cordero, sino el pan que se convierte en el Cordero».

El pan es algo más que pan después de la consagración.no es el hombre quien opera subjetivamente, por el poder de su fe, el milagro en su boca. La operación sacramental es siempre transubjetiva; el hombre consume subjetivamente lo que existe objetivamente: para su salvación o para su condenación.

La presencia eucarística está sujeta al mandato «comed y bebed»; está pues en función de la consumación. Cristo está presente y se da al que comulga en el momento de la litúrgia (la comunión de los enfermos es una extensión de la litúrgia; nunca el acto extra-litúrgico). Si un icono es el lugar de una presencia irradiante y da lugar a la veneración, los dones ofrecen una presencia celeste-corporal para ser consumida únicamente.

8. El carácter sacrificial de la Eucaristía

«Aquí está la verdadera oblación», anuncia la Litúrgia, y la proscomidia representa de una manera muy realista esta oblación, este sacrificio. El tiempo no juega ningún papel ni introduce dificultad alguna. La Comida del Señor dada a los apóstoles antes de la cruz y toda la Eucaristía actual son una misma comida en función del Cordero inmolado antes de la fundación del mundo y del tiempo. No se trata de ubicuidad -omnipresencia-, pues el Cuerpo celeste, eucarístico, es transtemporal y transespacial; no está en todas partes y en todo tiempo, aunque puede manifestarse en todo lugar y en cualquier momento. Nicolás cabasilas da la mejor explicación:«El estado de inmolación que normalmente debía tener por sujeto el pan, por el hecho del cambio, se considera como existencia ya no en el pan, que ha desaparecido, sino en el cuerpo de Jesucristo, en el que ha sido cambiado… este sacrificio se produce no por la inmolación del Cordero, sino por el cambio del pan en el Cordero ya inmolado. El cambio se repite, pero el término del cambio continúa siendo único y el mismo».

Ya en el orden prefigurativo del paganismo y del Antiguo Testamento, la identificación con la víctima ofrecida se realiza en el momento de la consumación. La vida de la víctima pasa a la del sacrificador y del pueblo. Es identificación eucarística, morimos con Cristo y resucitamos con él. Cristo es víctima y salvador. Se nos manifiesta «nuestra víctima», pero el misterio de «la oblación una y no múltiple» alcanza de manera personal toda situación concreta en el tiempo. Lo que es de una vez para todas y no se reproduce objetivamente, se realiza objetivamente para cada comulgante, por ser un solo cuerpo:«santifícanos como ya has santificado tantas veces a gente de nuestra raza », pues el sacrificio es «para todos y para todo» (oración litúrgica). Es la anámnesis del suceso concreto de la oblación única, no de las ideas platónicas. Las «rememoramos» por participación (en el acto litúrgico en esclavo es «participación» ) «Haced esto en memoria mía» habla de la memoria divina que hace el acto eternamente presente y anuncia el fin de este mundo y la Parusía:«Vosotros sois los benditos de mi Padre» «El día del Señor», día de la Eucaristía, es el día del juicio y el de las bodas del Cordero (la doble significación del icono de la Deisis). Cristo es a la vez víctima y oferente, quien la ofrece y la recibe:«Lo que es tuyo, recibiéndolo de Ti, te lo ofrecemos para todo y en todo» (oración antes de la epíclesis). La plenitud es tal «que no se puede ir más lejos, ni añadirle nada», dice con fuerza Nicolás Cabasilas.

9. La «epíclesis»

La oración «por los preciosos dones ofrecidos y santificados» reúne en algunas palabras lo esencial del milagro eucarístico:«para que nuestro Dios, Filántropo, que los ha recibido en su santo altar, celeste e invisible, nos envíe en recompensa la gracia divina y el don del Santo Espíritu».

Nicolás Cabasilas ve en el rito del zeón el Pentecostés eucarístico. La palabra que acompaña al rito:«fervor de la fe llena del espíritu Santo» confirma la epíclesis siguiente de la anáfora.

En el corazón de todo sacramento se encuentra la acción de su propio Pentecostés, bajada del Espíritu Santo. Es la confesión de la fe ortodoxa del papel del Espíritu santo en la economía de la Salvación y del equilibrio trinitario. El Cristo-Verbo las palabras institucionales y la epíclesis pide al Padre que envíe al espíritu santo, poder santificador, sobre los dones y sobre la Iglesia.

Si nos remontamos a principios del s.V y finales del IV, las anáforas antioquenas invocan ya al Espíritu Santo para que venga a transformar el pan y el vino en cuerpo y sangre de Cristo. La herejía de los neumatómacos habia incitado quizá a realzar de un modo especial la acción del Espíritu Santo, pero ésta estaba de acuerdo sobre todo con la Teología oriental, cada vez más desarrollada, del Paráclito. En occidente, solamente la Liturgia mozárabe guarda la influencia bizantina. Para mejor captar la razón profunda del conflicto (que separa la tradición oriental de la occidental, cuya esencia no es solamente la epíclesis eucarística, sino la epíclesis como expresión de Teología del Espíritu Santo), hay que comprender que para los Griegos, el canon de la Liturgia es un todo inseparable de un solo Misterio, y que no se puede en modo alguno detallar en sus elementos para extraer su momento central casi aislado. Es que para los latinos la verba subtantialia de la consagración, las palabras institucionales de Cristo, son pronunciadas por el sacerdote in persona Christi, lo que les da un valor inmediatamente consacratorio. Ahora bien, para los griegos, una tal definición de la acción sacerdotal -in persona Christi- identificando el sacerdote con Cristo, era absolutamente desconocida, impersonal incluso. Para que la palabra de Cristo reproducida, citada por el preste, adquiera toda la eficacia de la palabra-acto de Dios.

Los Padres orientales paralelamente a la relación ontológica del Verbo con la humanidad de Cristo ponen la relación dinámica del Espíritu santo que testimonia y manifiesta la humanidad, pues descanza en ella como la unción. La naturaleza humana subsiste ontológicamente, encuentra un soporte en la hipóstasis de Cristo, pero ella es santificada e irradia energía divina por el dinamismo del Espíritu Cristo es el Verbo encarnado, que obra y revela al Padre en y por el Espíritu (dinamis poder por definición: Luc 1,35 y Rom 15,19). La parusía de Cristo en la Eucaristía se hace en y por la parusía del Espíritu Santo (Jn 14,17), que opera la metabolé de los dones y del mismo comulgante. La neumatización integral de la naturaleza fysis -del salvador continúaen los que participan de su «carne sagrada». Consanguíneos, concorporales, no sólo son configurados con Cristo, sino que de hecho son cristificados (Col 2,9). Es el traspaso y la infusión de la energía vital, deificante; de ahí que los Padres la llaman con frecuencia: phármakon hathanasías, remedio o fermento de inmortalidad. El comulgante «se transforma en la sustancia del Rey». Según san Juan Crisóstomo no se trata de unas «arras», sino del fuego del amor divino por participación. Es el sentido oculto de la pericoresis. Según Inocente, obispo de Táurida:«Comulgamos a Cristo, pero Cristo nos comulga». Dios se encarna en el hombre y el hombre se espiritualiza en Dios. A la encarnación, humanización de Dios, responde la neumatización, la divinización del hombre. Al amor de Dios responde ya el amor del Hijo del Hombre y «nos acordamos del Señor» (memorial litúrgico) por que «se acuerda de nosotros» (memoria divina). «El espíritu y la Esposa dicen:¡ Ven Señor! » Es el sentido supremo de la epíclesis que conduce al pneumatikón gámos, a las bodas místicas de Cristo con toda el alma. La Deisis las representa: el cordero nupcial está entre la Esposa-Iglesia y el Paraninfo, Amigo del Esposo, los ángeles y los apóstoles son los asesores y los testigos. Como lo dice Teodoro de Ciro, «consumiendo la carne del Novio y su sangre, entramos en la koinonia nupcial».

La litúrgia cristiana hecha mano de los ritos existente. Así la sintaxis de la Palabra, viene del culto de la sinagoga del sábado por la mañana centrado en la lectura de la Biblia, y la sintaxis corresponde a la comida familiar del viernes por la tarde o a la comida de la khavurah (fraternidad) con la copa de la bendición. Al final de la comida, después de la acción de gracias, se colocaba una invocación, justamente la epíclesis que se refiere a la venida escatológica de Elías, a la restauración del reino de David, a la fe. Heklésía tiene la misma raíz que qahal en hebreo, pero en el Nuevo testamento, la asamblea de Yavé pasa a pueblo de Dios reunido en Cristo. Los heraldos del Rey (kérykes, heraldos) anuncian la convocación por la palabra y los hombres se reúnen en asamblea para escuchar el kerigma y consumir la misma palabra-eucaristía. Así el sujeto y el objeto del culto litúrgico es Dios. La Palabra convoca y se da en alimento. Esta iniciativa divina domina el culto desde el principio hasta el fin y hace comprender que el esquema del culto, el orden litúrgico, no es indiferente; por ser divino lleva el acento de eternidad y no depende de la libre inspiración humana. La tradición lo hace remontar a los apóstoles. En su contexto de adoración y de acción de gracias, el culto es esencialmente teocéntrico. Se ve inmediatamente una estrecha conexión de las dos partes de la Litúrgia. La Litúrgia de los catecúmenos es la Litúrgia de la Palabra. El Evangelio se coloca en el centro de la mesa del altar. La lectura del apóstol («el schaliach, el apostolos de un hombre es como el otro yo-aforismo de la Mischna») precede a la lectura del Evangelio seguida de una predicación. La litúrgia de los fieles es la Eucaristía, en cuyo centro se coloca el cáliz. Se ve hasta qué punto está desplazada una oposición o una separación.«Dios habla y esto llega», lo que la Palabra anunció se realiza inmediatamente, se acaba en el cáliz que es la Palabra acabada. Es la «Palabra hecha carne» y su acción es inmediata: la transmutación de los fieles «en sustancia del Rey».

10. La Liturgia

Esquema litúrgico

I. LA PROTESIS O LA PROSCOMIDIA
1. Preparación de las oblatas , pan y vino, destinados al sacrificio.

II. LA LITURGIA DE LOS CATECUMENOS
1. Gran colecta: una larga oración litúrgica dialogada, en forma latínica, entre el diácono y el pueblo y concluida por una doxología trinitaria.
2. Salmo 103 (en hebreo 104)
3. Pequeña Colecta.
4. Salmo 145 (en hebreo 146)
5. Tropario: o Monogenés (el Hijo único)
6. Canto de las Bienaventuranzas.
7. La pequeña Entrada.
8. Canto: «venid y adoremos»
9. El Trisagion
10. La Epístola
11. El Evangelio
12. La letanía diaconal
13. La oración por los catecúmenos y la despedida de éstos.

III. LA LITURGIA DE LOS FIELES
Antes de la Anáfora
1. Oración por los fieles
2. El Cherubikón
3. Oración del Ofertorio
4. La Gran Entrada
5. Oración litánica del Ofertorio
6. «Amémonos los unos a los otros»
7. El beso de la paz
8. El Credo

Anáfora o Canon eucarístico
Toque de atención:«Estemos con miedo»

A. la Gran Oración de la Eucarística:
1. Es digno y justo celebrarte (dignum et justum est)
2. El Sanctus
3. Conmemoración de la Cena

B. Consagración
1. Palabras de la Institución
2. Oblación del cuerpo y de la sangre, canto:«Te glorificamos»
3. Epíclesis o invocación del espíritu santo

C. La Gran Oración
1. La memoria de los santos y los Dípticos (momento de los muertos y de los vivos), el megalinario de la Téotokos (verdaderamente es justo glorificarte, oh Virgen).
2. La letanía recapitulativa, oración secreta del sacerdote.
3. El pater

D. Elevación, fracción y Comunión
1. Bendición, oración sobre los fieles inclinados
2. Sancta Santis
3. Fracción y Conmemoración
4. Oración preparatoria
5. Comunión del preste y del diácono
6. Bendición del pueblo con el cáliz
7. Comunión de los fieles
8. Oración de acción de gracias
9. Oración de las santas especies a la prótasis
10. Despedida de los fieles y distribución del antidóron o pan bendito

La liturgia propiamente dicha, o la Misa, representa los tres pasajes de la economía de la salvación. El primer acto muestra el lazo mesiánico entre la prehistoria y la historia; el segundo, liturgia de los catecúmenos, reproduce el conjunto de la obra de Cristo, y el tercero, liturgia de los fieles, representa la pasión, la muerte, la resurrección, la ascensión, la parusía y el reino eterno de Cristo. Se ve bien que la Liturgia reproduce, como dice Teodoro de Andida, «todo el misterio de la economía» y, según san Teodoro el Estudita, es «la recapitulación de toda la econoía de la salvación». La prótesis.

Ya el primer acto o prótesis, la preparación del pan y del vino, es un pequeño drama realista muy condensado que reproduce la inmolación del Cordero, dado así un esquema sucinto del sacrificio que va a realizarse durante la Liturgia.

El sacerdote toma el pan preparado y traza con la lanceta tres veces el signo de la cruz, después la clava al costado derecho y corta diciendo:«Como una oveja ha sido llevado al matadero» (Is 53,7). También hace la incisión en el costado izquierdo:«Y como un cordero sin mancha, mudo ante el trasquilador, así no abre la boca» (Is 53,7).

Después de dos incisiones más, el sacerdote reitera la parcela, desde entonces se llama «el Cordero», y dice:«Pues su vida ha sido quitada de la tierra». Coloca esta parcela al revés sobre la patena, significando la kénosis. El diácono dice:«Inmolad, Señor». El preste entonces corta profundamente la parcela en forma de cruz pronunciando:«El Cordero de dios es inmolado, el que quita los pecados del mundo, para la vida y salvación del mundo». Después gira la parcela y el diácono dice:«Atravesad, Señor». El preste atraviesa con la lanza la parte alta del costado derecho del pan, citando:«Uno de los soldados le atravesó el costo, y al instante salió sangre y agua» (Jn 19,34).

El diácono escancia vino y un poco de agua y dice:«Bendecid, Señor, la santa unión». Arrancando otra porción, el sacerdote la coloca a la derecha del Cordero, diciendo:«La Reina está a tu diestra en vestido de oro» (Ps 44,10). La siguiente parcela menciona el Precursor y los ángeles (y es el icono de la Deisis, bodas del Cordero), después vienen las porciones que representan a los profetas, los apóstoles, los santos, las porciones para los vivos y muertos, cada uno presentado nominalmente.

Así, sobre la patena de la ofrenda, se reconstituye la figura perfecta de la Iglesia en su dimensión universal que cubre el cielo y la tierra, que alcanza a los ausentes e incluso a los muertos, la Iglesia-Cordero que recapitula en él a todo viviente: «como tú solo sabes, de una manera conocida por ti solo».

Es la imagen del Cuerpo de Cristo: la comunión total en el cuerpo total. Esta visión desborda netamente el tiempo. Durante la incensación, el diácono pronuncia:«Oh Cristo, estuviste presente con tu cuerpo en el sepulcro, con el alma en el limbo, como Dios, en el paraíso con el ladrón, y en el trono con el Padre y el Espíritu Santo: Tú, el infinito, que lo llenas todo». Es la visión de un todo perfecto: «Todo lo que se ha realizado para nosotros, la cruz, el sepulcro, la resurrección, la ascensión, la presencia a la derecha del Padre, la segunda venida gloriosa».

Visión del mundo en Dios, cuando este mundo entero se hace teofanía, presencia de Dios Trino en lo creado. Todo queda acabado y resumido en un sobor teántrico. Por encima del tiempo , antes de la historia en el Cordero, el fin alcanza el principio. Así el simbolismo resumido de la prótesis nos eleva hacia el prólogo celeste de que habla el Apocalipsis:«El Cordero inmolado desde la creación del mundo» (Apoc 13, 8 y 1 Pe 1,19).

De la eternidad, de la preexistencia, la acción litúrgica nos hace descender ahora al desarrollo histórico. El Cordero entra en la historia, aparece en un punto determinado del espacio y del tiempo, toma la figura de niño y es la Navidad. El sacerdote cubre la patena con las porciones colocando encima la estrella de metal y pronuncia: «Habiendo llegado la estrella encima del lugar donde nació el niño, se paró» (Mt 2,3).

La oración dirigida al Espíritu Santo:«Rey del Cielo, oh Paráclito…»el equivalente del veni Sancte Spiritus, es la epíclesis general en el umbral del Misterio.

La liturgia de los catecúmenos

A la entrada del segundo acto, el diácono se coloca ante las puertas santas y dice: «Bendecid, Señor». El sacerdote proclama la doxología-bendición: «bendito sea el reino del Padre, del Hijo y del Espíritu santo», que nos coloca de golpe en el reino de la Trinidad santa,. El diácono invoca ese orden supremo que lleva el nombre de Shalóm, paz y trae, de parte de la gran comunidad, su oración colectiva: «En paz, oremos al señor…» Hen eirénéi, por lo que esas letanías se llaman irenika.

El coro canta los salmos 102 y 145, llamados«representativos» -ta typiká- y que narran la espera del pueblo de la Antigua Alianza proyectando hacia la promesa de la salvación. Esta parte se acaba con el himno solemne a la misma salvación, al Hijo único, Monogene y que confiesa lo esencial de la fe cristiana según el dogma de Calcedonia. Después el cántico de las Bienaventuranzas recuerda las cualidades del alma que vive en gracia.

La puerta del santuario se abre, como se abre el Reino de Dios a la llegada de Cristo; es la pequeña Entrada. El sacerdote, precedido de un cirio encendido, lleva solemnemente el Evangelio a la altura de la frente. es la representación ritual de Cristo anunciando su palabra, precedido de san Juan Bautista, llama ardiente y brillante» (Jn 5,35).

La «oración de entrada» menciona a los ángeles que celebran en el cielo la eterna Liturgia y que se unen ahora a los fieles para la concelebración común: «Maestro y Señor Dios nuestro, que estableciste en los cielos los órdenes y ejércitos de ángeles y arcángeles para celebrar la liturgia de tu gloria, haz que con nuestra entrada tenga lugar la entrada de tus ángeles, para que con nosotros concelebren y glorifiquen tu amor, pues a ti te conviene toda gloria y toda adoración». La última palabra acentúa fuertemente el sentido de este rito: la adoración, y explica esa irrupción de lo celeste en lo terrestre en el momento de la pequeña y gran Entrada. Los ángeles celebran en el cielo la eterna liturgia y participan en la liturgia de los hombre que es una inserción en el tiempo de la adoración perpetua, condición normal de toda criatura. Es el tema iconográfico tan extendido llamado«de la divina liturgia», que representa a Cristo en vestiduras pontificales en el altar, rodeado de ángeles concelebrando y vestido de sacerdotes y de diáconos.

«Bendita sea la entrada de tus santos», dice el sacerdote. Es la llamada a la adoración de todas las potencias de santidad de la iglesia. Los santos y todos los hombres en su principio mismo de participación a la santidad de Dios y todos los ángeles, todos juntos, en sinaxis litúrgica, se prosternan. Así, el Dios Santo, oculto en el Misterio mismo de su esplendor como en una nube, es adorado por todas las potencias de su propia santidad, «radiante en el rostro de los santos».

Después de la bendición de entrada el diácono eleva el Evangelio y proclama: «Sabiduría». Es una llamada a los fieles para evitar cualquier distracción y entregarse completamente al acto de adoración. El coro canta Venite adoremus, «venid adoremos y prosternémos ante Cristo…Sálvanos, oh Hijo de Dios, tú que eres admirable en tus santos». En el oficio pontifical, es el momento en que el obispo entra en función sacerdotal, litúrgica: marca el comienzo de la liturgia condensado en el acto de adoración. Siguen los cánticos que conmemoran, justamente en este momento, los santos días y de la Iglesia. La significación del conjunto es grandiosa en su amplitud: todo está reunido en el acto de la prosternación. Es el advenimiento de Cristo rodeado de la multitud de testigos y de servidores de su gloria; es la santidad irradiante de Dios en su principio humano, asamblea de los santos.

El diácono se inclina y se dirige al preste: «Bendice el tiempo del Trisagion». El sacerdote bendice diciendo:«Porque eres santo, oh Dios nuestro, ahora y por siempre jamás» «Hay un tiempo para todo», dice el Eclesiastés (Eccl 3,1). Dios «hace toda cosa hermosa en su tiempo: incluso colocó en el corazón del hombre la idea de eternidad» (Eccl 3,11).

Así hay también el tiempo litúrgico del Trisagion, el tiempo de la adoración. El sacerdote dice la oración del Trisagión:«Dios santo que habitas en el santo de los santos, a quien alaban los serafines con el canto del himno tres veces santo: glorificado por los querubines y adorado por todas las potestades celestes:… tú que te dignaste conceder a tus humildes e indignos servidores el honor de encontrarnos en este instante ante la majestad y la gloria de tu santo altar y de ofrecerte la adoración que te es debida: acepta pues, Señor, de nuestros labios pecadores el himno del Trisagion, …pues eres santo, oh Dios nuestro y te glorificamos, Padre, Hijo y Espíritu Santo».

El preste se prosterna tres veces diciendo el trisagion y el coro lo canta:«Santo Dios, santo Fuerte, santo Inmortal, ten piedad de nosotros», porche abierto sobre el misterio de Dios Trino, de donde, en la amplitud de la adoración litúrgica, Cristo avanza y aparece ante los fieles.

Antes de acabar el canto, el diácono pronuncia dynamis (fuerza): invitación a redoblar la intensidad y hacer resonar plenamente el himno. En la Litúrgia pontifical, el obispo avanza durante el canto teniendo en la mano izquierda el dikerion (candelabro con dos cruzados, misterio luminoso de las dos naturalezas de Cristo) y en la derecha el Trikerion (candelabro de tres velas, luz trisolar y bendice el pueblo cruzando las figuras cristológicas y trinitaria. Es la densidad-límite de la figuración que alcanza así, en el punto del cruce, lo indecible de la santidad divina. Sigue la «ceremonia de trono», o su bendición, que presenta una figura simbólica del trono de dios tres veces santo hacia quien subió el canto del Trisagion.

Cristo abolió la enemistad, disipo las tinieblas, y su palabra resuena en la lectura de la Epístola (a esta perícopa sacada de los Hechos o de las Epístolas se le da el nombre del Apostolos) y del Evangelio del día. La sintaxis de los catecúmenos lleva su epíclesis: la oración que procede a la lectura del Evangelio pide el don de la iluminación que se refiere al texto de Luc 24, 45’46: «Les abrió la inteligencia, para que comprendiesen las Escrituras… os enviaré la promesa de mi Padre, el Espíritu que os guiará en toda verdad» Es el metabolismo eucarístico de la lectura de las Escrituras en Palabra de Dios, la Eucaristía bíblica de los catecúmenos. La costumbre hacia seguir a la lectura una homilía episcopal o una predicación. Las letanías cerraban esta parte arrastrando a los asistentes en su movimiento ecuménico. Y es entonces cuando el diácono anunciaba el «despido de los catecúmenos» y cuando los penitentes y los catecúmenos abandonaban el templo y empezaba la Liturgia de los fieles.

La Liturgia de los fieles

Durante la Liturgia de los fieles, éstos son los testigos de Cristo resucitado y se proclama el Reino de Dios. La puerta regia es sacramental, simboliza a Cristo: «Yo soy la puerta» (Jn l0, 7). Sólo se abre para el bautismo y la unción del Espíritu. El hombre viejo muere en el umbral del Templo y el hombre nuevo, resucitado con Cristo, entra y está en el Templo de la Gloria.

«Estemos con miedo y sabiduría», invita el diácono, y el coro, espiritualmente sintonizado, entona el Cherubikon: «Los que místicamente representamos a los querubines y cantamos a la vivificante Trinidad el himno tres veces santo, depongamos toda solicitud mundana para recibir al Rey del universo, invisiblemente escoltado por los ejércitos angélicos. Alleluya, alleluya, alleluya.» El alma se vacía y sintoniza con el canto de las potencias celestes; todas sus fibras están en tensión en la espera del acontecimiento.

La gran Entrada, o procesión del ofertorio, es una representación de la llegada de Cristo a Jerusalén. Los fieles prosternados representan el cortejo de Cristo-Rey, sacerdote y víctima, que aparece en medio de los fieles. Es todo el tema iconográfico de la divina liturgia.

El canto del Sábado Santo realza aún más la grandeza de la entrada: «Que toda carne mortal guarde silencio y esté con miedo y temblor; que ninguna consideración terrestre la domine. Pues el Rey de Reyes y el Señor de los Señores, Cristo nuestro Dios, avanza para ser sacrificado y entregarse en alimento a sus fieles. Va precedido por los coros de ángeles, con todos los Principados y las Dominaciones, los querubines de múltiples ojos y los serafines de seis alas, que se cubren el rostro y cantan el himno Alleluya.»

Cuando la procesión entra en el santuario, el sacerdote repite la súplica del buen ladrón: «Acuérdate, Señor, de mí en tu Reino.» Después coloca el cáliz en el altar diciendo: «El noble José, habiendo bajado tu cuerpo purísimo de la cruz, lo envolvió con un sudario blanco y perfumes y lo colocó en un sepulcro nuevo… ».

Es la pasión y la muerte. El gran velo recubre las oblatas, como el lienzo, y las incensaciones recuerdan los aromas. La puerta del santuario se cierra, como se cerró la puerta del sepulcro. Es el momento del ofertorio y del canon eucarístico. El telón se abre de nuevo, como empujado por la vida triunfal, como se abrirá siempre la puerta al empuje de la fe viva; el ángel de la espada de fuego se aleja del árbol de la vida. Esta brecha en el cielo marca el acercamiento del terrible misterio e invita al alma a abrirse para que, entregándose totalmente, reciba a Dios totalmente. La oración del ofertorio anticipa la epíclesís: «Y que tu Espíritu de gracia, autor de todo bien, descienda sobre nosotros y sobre los dones aquí preparados, y sobre todo tu pueblo.» Y resuena la palabra del diácono sobre el recogido silencio: «Amémonos los unos a los otros, para confesar nuestra fe con un solo corazón.».

Solamente enraizado en el amor y en la unidad de la misma fe, el hombre participa con todos los santos en el misterio de la vida divina; sólo el amor puede conocer al Amor, al Sabor divino, a la Santa Trinidad. Y por eso el canto del Credo, anunciando este Amor que baja, se ofrece, sufre y salva, arranca del beso de paz, sello del acto más revolucionario del uno en Cristo. La palabra que acompaña el beso de paz expresa bien su sentido: «Jesucristo está en medio de nosotros… La Iglesia se ha hecho un solo cuerpo y nuestro beso es la prenda de esa unión; ha sido alejada la enemistad y la caridad lo ha penetrado todo.» Lo visible y lo invisible de la Iglesia se compenetran y cambian la naturaleza misma de las cosas. Durante el canto del Credo, el sacerdote agita lentamente el velo por encima del cáliz y de la patena, símbolo de la bajada del Espíritu Santo.

«Estemos con miedo y estemos atentos para ofrecer en paz la santa Anáfora», insiste el diácono. Se acerca el momento más sagrado: «¡Sursum corda! ¡Levantemos el corazón!» -«lo tenemos levantado hacia el Señor». Una vez desterradas las solicitaciones mundanas, con el corazón levantado, el hombre verdaderamente libre puede entregarse ahora a su anhelo. «Demos gracias al Señor», invita el preste. A la oración propiamente laudativa llamada «eucarística» -Eucharistésómen tói Kyríói- el coro responde con esta acción de gracias que desborda el simple reconocimiento, se hace adoración, contemplación, elevación y estalla como una Eucaristía trinitaria: «Es digno y justo adorarte, Padre, Hijo y Espíritu Santo, Trinidad consustancial e indivisible.» El sacrificio contenido en el solo acto de Cristo es trino.

La oración del Prefacio reúne todos los títulos de nuestro reconocimiento a Dios y se acaba en el Sanctus: «Santo, santo, santo, el Señor Sabaoth.» La Eucaristía de los ángeles en la Liturgia de la sinagoga se acababa con «Bendita sea la Gloria de Yavé en el lugar de su morada» (Ez 3, 12). La Liturgia cambia esta palabra por «Bendito el que viene en nombre del Señor» (Ps 117). Los rabinos, después del exilio, enseñaban que donde dos o tres se reunían para leer la Biblia, la gloria, la Schekinah, se encontraba en medio de ellos. Cristo se refiere a ese refrán que hay que interpretar en ese sentido: «Cuando dos o más se reúnan en mi nombre, yo estaré en medio de ellos.» La Schekinah, misteriosa presencia de Dios Trino, llena el Templo.

El sacrificio es anunciado por la conmemoración, anámnesis que va en seguida tras las palabras constitutivas de la santa cena: «Este es mi cuerpo… ésta es mi sangre.» Después del recuerdo de los grandes misterios: pasión, muerte, resurrección, ascensión, parusía, el preste dice la fórmula de la oblación: «En todo y por todo, te ofrecemos lo que es tuyo, por tenerlo de ti.»

En la Liturgia siria de Santiago, las palabras del preste marcan la gran tensión del espíritu: «¡Cuán augusta es esta hora y tremendo este momento, hermanos míos! Pues el Espíritu Santo vivificador, descendiendo de las alturas del cielo y colocándose sobre esta Eucaristía, la consagra… Estad pues con miedo, rezad para que la paz y la protección de Dios nuestro Padre, sea con vosotros. En alta voz, digamos tres veces Kyrie eleison.»

La respuesta de los fieles prosternados sintetiza todo el tema de la Eucaristía: «Oh Dios, nuestro, te glorificamos, te bendecimos, te damos gracias, Señor, y te suplicamos.» Es el instante de la consagración de los dones, la epíclesis, oración que pide la venida del Espíritu Santo para el milagro eucarístico: «Envía tu Santo Espíritu sobre nosotros y sobre estos dones aquí presentes, y haz de este pan el precioso cuerpo de tu Cristo, y de lo que está en este cáliz, la preciosa sangre de tu Cristo, tranformándolos por tu Espíritu Santo» -metabalón tói Pnymatí Sou tói Hagíói. «Amén, amén, amén», resuena como un sello trinitario sobre el milagro realizado. El poder unificador de Cristo envuelve el universo, haciéndolo Iglesia: «Unenos los unos con los otros.» El triple momento de los santos, de los muertos y de los vivos se relaciona con la epíclesis y la ofrenda universal de todos y de todo. Es la gran oración de intercesión de la Iglesia. «Acuérdate, Señor, de los que cada uno lleva en el espíritu y de todos y de todo… y envía sobre nosotros tus misericordias.»

Como hijos, se reúnen todos en una sola ofrenda ante el Padre. «Concédenos glorificar y celebrar con una sola boca y un solo corazón tu nombre augusto y magnífico, Padre, Hijo y Espíritu Santo… Dígnate hacernos participar en los terribles misterios de esta mesa sagrada», reza aún el sacerdote; y por eso, y ante todo, invoca solemnemente al Padre, oculto en la nube luminosa del Dios Trino: «Dígnate aceptar, Señor, que nos atrevamos a invocarte con confianza y sin condenación, Padre que está por encima del cielo,» y decirte:

Padre nuestro… »

El diácono arregla su estola en forma de «cruz de san Andrés» sobre la espalda y sobre el pecho, representando a los serafines que, con sus alas se velan la cara ante el insondable misterio del amor divino. Este gesto invita a la asamblea al acto de adoración.

La espera de la comunión se mitiga con el canto majestuoso de la oración dominical. Colocar así esta oración justamente antes de la Comida, muestra que el pan de cada día, supersustancial -Hepioysion- es el pan eucarístico. El momento de unirse está muy cerca y el sentimiento de su indignidad, el mysterium tremendum, recorre la asamblea: Sancta Sanctis, «las cosas santas son para los santos», dice el sacerdote levantando el Cordero. Pan de Vida; y cada uno confiesa: «Un solo Santo, un solo Señor, Jesucristo.» Los fieles se reúnen como las santas mujeres en el sepulcro. La puerta se abre grandiosamente, en silencio, símbolo del ángel Gabriel removiendo la piedra del sepulcro. El preste aparece ante los fieles prosternados, teniendo en sus manos el cáliz. Es la llegada de Cristo resucitado que ofrece la Vida inmortal. El sepulcro y la muerte han sido vencidos. El alba de la resurrección lo baña todo con su luz sin ocaso.

«Acercaos con miedo de Dios, fe y amor.» La comunión constata la presencia real y constante de Cristo, y así hasta el fin del mundo. Pero a la vez, la elevación del cáliz después de la comunión y las volutas de incienso que envuelven los santos dones llevados a la prótesis para ser consumidos («le vieron elevarse y una nube lo sustrajo a sus miradas», Act 1, 9) simbolizan la ascensión de Jesús hacia los cielos de donde ya caen los rayos precursores de la luz de la Parusía y de la nueva Jerusalén. Es el final escatológico de la Liturgia; su comida es mesiánica, los fieles están reunidos alrededor, mirando al que viene: «¡Grande y santísima Pascua, Cristo! Concédenos el ser admitidos a tu comunión, a tu cena mística, de una manera aún más íntima, el día sin ocaso de tu Reino.» «Seas exaltado sobre los cielos, oh Dios, y que tu gloria se extienda sobre toda la tierra», reza el sacerdote.

La misión de Cristo está cumplida: «Oh Cristo, se ha terminado el misterio de tu divina economía; llena nuestros corazones de gozo y de alegría.»

Pertenece al mundo ser un solo Cristo: «Hemos visto la verdadera luz, recibimos el Espíritu celeste, encontramos la verdadera fe, al adorar a la Trinidad indivisible, por ser la que nos salvó… Bendito sea el nombre del Señor ahora y siempre.»

La Liturgia se acaba con la bendición final y la distribución del antidóron o pan bendito, recuerdo de los ágapes primitivos.

La Iglesia prolonga con este gesto de eulogia (bendición) su acción litúrgica que atravesando los muros llega hasta los confines del mundo. El fiel se lleva consigo, como una ofrenda al mundo, este testimonio carismático de unidad y de amor.

Alimentado y abrevado en la fuente, el hombre mismo es como una copa repleta de la presencia de Cristo y ofrecida a los hombres y al mundo.

La Liturgia no es un medio, sino un modo de vida que descansa en sí mismo; esto coloca en evidencia su carácter teocrático. En la Liturgia el hombre no dirige su mirada a sí mismo, sino a Dios y su esplendor. No se trata tanto de perfeccionarse durante los instantes litúrgicos, como de en contrarse ante la luz de Dios. Y esta alegría inunda la naturaleza del hombre de una manera desinteresada, secundaria, y la cambia. Que el hombre no añada nada al esplendor de Dios, a su sola presencia, pues obra por sí misma. Debe haber momentos en que el hombre no busque a cualquier precio el fin de todo, momentos de adoración en los que su ser se desahogue sin trabas, como la actitud del Rey David bailando ante el Arca; que los moralistas de mucho peso coreen a Micol.

No hay que estar siempre inclinado sobre su miseria, crispado por sus pecados. En el día del Señor ¿y no está ahí el don de su gracia? hay que dilatarse unos instantes para llenarse de alegría pura y transparencia.

«¿Los amigos del esposo pueden entristecerse mientras el esposo está con ellos?… El amigo del esposo que le acompaña y le oye se alegra grandemente al oír la voz del esposo» y «es grande su alegría» (Jn. 3, 9).

Y en fin estos amigos son los testigos de los «misterios terribles»; tan terribles y tan grandes que, según la expresión litúrgica, los ángeles tiemblan y se cubren sus ojos, y «se maravillan» ante la realización de los destinos divinos. Y esta extrañeza es el principio de la sabiduría, de ese asombro receptivo y totalmente abierto para recibir la Verdad cuando venga hacia el hombre y se le ofrezca en pura gracia.

En la liturgia, el hombre encuentra el Reino de Dios que se acerca y está ya entre los hombres, en medio y dentro de ellos. El resto le será dado en tiempo oportuno, y por añadidura. Buscando el Reino, el hombre obedece a su Señor y se hace su hijo y cuando le encuentra, se alegra como «quien encontró una perla», como «el que encontró un tesoro, y su alegría es perfecta».

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DE LA ORACION Y DEL COMBATE ESPIRITUAL, OBISPO SAN IGNACIO BRIANCHANIVOV (1807 – 1867)

DE LA ORACION Y DEL COMBATE ESPIRITUAL, OBISPO SAN IGNACIO BRIANCHANIVOV (1807 – 1867)

Los frutos de la oración incesante

Es por la oración que el asceta alcanza una pobreza espiritual auténtica. Aprendiendo a pedir sin cesar la ayuda de Dios, pierde poco a poco su confianza en si mismo. Si hace algo con éxito, no ve allí su propio logro, sino que lo atribuye a la misericordia divina que implora sin cesar. La oración incesante lleva a la adquisición de la fe, pues aquél que ora continuamente comienza gradualmente a sentir la presencia de Dios. Ese sentimiento se desarrolla poco a poco, de tal modo que el ojo espiritual llega a reconocer a Dios en su Providencia mejor de lo que el ojo natural ve los objetos materiales; y entonces el corazón conoce la presencia de Dios por una experiencia inmediata. Aquél que ha visto a Dios por una experiencia inmediata. Aquel que ha visto a Dios de esta manera y ha sentido así su presencia, no puede dejar de creer en él con una fe viviente que se manifestará en sus actos.

La oración incesante vence al mal mediante la esperanza en Dios; conduce al hombre a una santa simplicidad, separando su intelecto del hábito de dispersarse en pensamientos distintos y hacer planes sobre si mismo y sobre su prójimo, y manteniéndolo siempre en una pobreza y una humildad de pensamientos. Es en esto que consiste la formación del hombre de oración. Aquel que ora sin cesar pierde gradualmente el hábito de dejar vagar sus pensamientos, de estar distraído, de estar colmado de vanas preocupaciones, y cuanto más profundamente se arraiga en el alma ese impulso hacia la santidad y hacia la humildad, más se pierden los hábitos precedentes. Finalmente, llega ser como un niño, tal como lo recomienda Cristo en el Evangelio; llega a ser loco por amor de Cristo, es decir, pierde la falsa sabiduría del mundo y recibe de Dios una inteligencia espiritual.

La curiosidad, la desconfianza y las sospecha son igualmente destruidas por la oración incesante; a partir de allí, los otros comienzan a parecernos buenos, y de esta transformación del corazón nace el amor por los hombres. Aquél que ora sin cesar permanece constantemente en el Señor, reconoce al Señor como Dios, adquiere el temor de Dios del cual nace la pureza, y está da nacimiento al amor divino. El amor de Dios lo colma con los dones del Espíritu Santo, del que es el templo.

Dos etapas en la oración.
El martirio interior

Cuando se inicia la vida de oración se ora únicamente por esfuerzo personal. Sin ninguna duda, la gracia de Dios viene en ayuda de cualquiera que oracion sinceridad, pero no revela su presencia. Durante este período, la gracia de Dios viene en ayuda de cualquiera que ora con sinceridad, pero no revela su presencia. Durante este período las pasiones ocultas en el corazón entran en juego y conducen al que ora a un verdadero martirio en el cual victorias y derrotas se alternan sin detenerse, y tanto la libre voluntad como la debilidad del hombre son claramente puestas en evidencia.

En segundo período, la gracia de Dios hace sentir su acción y su presencia de manera sensible, uniendo el intelecto al corazón y haciendo posible una oración sin ensueños ni distracciones, hecha con un corazón pleno de calor y lágrimas. En ese estadio, los pensamientos malos pierden su fuerza y cesan de dominar al espíritu.

La primera etapa en la vida de oración puede ser comparada a los árboles desecados por le invierno; la segunda, a esos mismos árboles cubiertos de hojas y de brotes por el calor de la primavera. En los dos casos, el arrepentimiento debe ser el alma y el fin de la oración. En recompensa por el arrepentimiento que el hombre le ofrece mientras avanza todavía por su propio esfuerzo, Dios le acuerda, cuando le place, un arrepentimiento lleno de la gracia divina. Y el Espíritu Santo, una vez que ha penetrado en el hombre, intercede en él con gemidos inefables…Intercede a favor de los santos según la voluntad de Dios” que sólo él conoce (Romanos 8, 26-27).

De todo esto, resalta claramente que las tentativas del debutante por alcanzar el lugar del corazón, es decir encender en sí mismo, prematuramente, la acción sensible de la gracia, constituye un grave error que invierte el orden requerido y la estructura lógica de la ciencia de la oración. Una tentativa semejante es orgullo y locura. No es bueno para un debutante utilizar las prácticas que los santos Padres aconsejan para los monjes experimentados y para los hesicastas.

Las ilusiones del demonio y la gracia de Dios
Cómo se las distingue

Que nadie, escuchando a un pecador hacer el relato de las grandes cosas realizadas por la acción del Espíritu , vacile ni se turbe, pensando que la acción de la que oye hablar es obra de los demonios, una ilusión. El debe rechazar esos pensamientos blasfemos. ¡No y no!. La acción de la ilusión no se manifiesta de ese modo. decidme:¿es posible al demonio, el enemigo, el asesino de nuestra raza, convertirse en médico? ¿Podría el demonio rehacer la unidad entre las partes y las potencias del hombre que han sido dispersadas por el pecado, liberarlo de su dominación y hacerlo salir del estado de contradicción y de guerra intestina para llevarlo a la santa paz de Dios ? ¿Podría el demonio liberar al hombre del abismo de su ignorancia y comunicarle un conocimiento vivo de Dios fundado sobre la experiencia y no sobre las pruebas venidas del exterior? ¿Podría el demonio predicar y enseñar en detalle lo que concierne al Salvador; predicar y enseñar cómo, por el arrepentimiento, podemos acércanos a El ? ¿Podría el demonio rehacer en el hombre la imagen original y restablecer su semejanza con Dios, la que el pecado ha turbado? ¿Podría elevar al hombre hasta la comunión con Dios, una comunión en la cual él llega a ser como si no existiera, sin pensamientos, sin deseos, enteramente sumergido en un silencio maravilloso? Ese silencio es la absorción de todas las potencias del ser humano que son, entonces, enteramente volcadas hacia Dios y desaparecen, de algún modo, ante su eterna majestad.

La ilusión actúa de una manera, y Dios de otra diferente. El Amo todopoderoso del hombre ha sido y sigue siendo su creador. El que ha creado y crea nuevamente ¿no conserva todo su poder? Escuchad, hermano bien amado, cómo se distingue la ilusión de la acción. La ilusión, cuando se acerca al hombre, ya sea en pensamiento o en sueño, por alguna idea sutil o por alguna aparición perceptible a los ojos del cuerpo, no se presenta jamás como un amo absoluto, sino como un encantador que busca hacerse aceptar por el hombre, para ejercer sobre él su dominio. La acción de la ilusión ya sea que se manifieste por fuera o en el interior del hombre, viene siempre del exterior; el hombre puede rechazarla. La ilusión deja siempre subsistir al principio una cierta duda en el corazón; s 2lo aquellos a quienes ella ha conquistado enteramente la aceptan sin vacilación la ilusión no rehace jamás la unidad en el hombre dividido por el pecado, no detiene las rebeliones de la sangre, no conduce al asceta al arrepentimiento ni lo empequeñece ante sus propios ojos; por el contrario, inflama su imaginación, refuerza los impulsos de las pasiones, le aporta una alegría insípida y emponzoñada y lo adula insidiosamente, inspirándole el contentamiento de si mismo e instalando en su alma un ídolo, el “Yo”.

La unión del intelecto y del corazón
Y su inmersión en Dios.

La acción divina no es algo material; ella es invisible, inaudible, inesperada, inimaginable e inexplicable por medio de analogías tomadas de este mundo. Su llegada y su trabajo en nosotros son un misterio. Comienza por revelar al hombre su estado de pecado y le pone delante de los ojos el horror al mal; lo lleva a condenarse a si mismo, le muestra su decadencia, ese terrible y sombrío abismo de destrucción en el cual ha caído por efecto del pecado de nuestro primer padre. Enseguida, poco a poco, la acción divina produce en él una atención acrecentada y la contrición del corazón en la oración. Habiendo preparado así el corazón del hombre, toma las partes divididas y, con un acto repentino, inesperado e inmaterial, las restablece en la unidad. ¿Qué es lo que las ha tocado? No podría explicarlo. Yo no veo nada ni escucho nada, pero sé y siento en mí una transformación repentina, debida a una acción todopoderosa. El Creador acaba de actuar, para renovar, como actuó una primera vez para crear. Decidme si el cuerpo de Adán , formado de polvo, yaciendo ante su Creador y todavía tener una noción de la vida y sentirla de algún modo. Cuándo fue repentinamente vivificado por el soplo de vida, ¿habría podido preguntarse si iba a aceptar ese don? Adán creado, se sintió repentinamente viviente, pensante, deseante. La recreación del hombre se produce de la misma manera repentina. El Creador ha sido y sigue siendo el amo absoluto; actúa con autoridad, de una manera sobrenatural, más allá de toda concepción y de todo pensamiento, con una sutileza infinita. Actúa espiritualmente y no materialmente.

Ha tocado con su mano mi ser todo entero , y mi espíritu, mi corazón y mi cuerpo han sido unidos, componiendo un todo único y simple. Han sido sumergidos en Dios y permanecen en él mientras una mano invisible, incomprensible y todopoderosa los retiene allí.

La unión con el señor

Todo verdadero cristiano debe recordar siempre, y no olvidar jamás, que lo más necesario para él es estar unido a nuestro Señor y salvador Jesucristo, con todo su ser. Que el Señor habite su intelecto y su corazón, y que así comience a vivir la vida de Cristo. El Señor tomó nuestra carne y nosotros debemos a nuestro turno tomar su carne y su Espíritu muy santo, haciéndolo nuestro y adhiriéndonos a ellos para siempre. Sólo una unión semejante con nuestro Señor nos dará esta paz y esta buena voluntad, esta luz y esta vida que hemos perdido en el primer Adán y que son renovadas actualmente por el segundo Adán. El Señor es, después de la comunión de su carne y de su sangre, la Oración interior de Jesús.

El papel de los métodos mecánicos

Lo que es esencial e indispensable en la oración es la atención. No puede haber oración sin atención. La verdadera atención vivificada por la gracia, viene de la mortificación del corazón que rechaza al mundo. Los métodos mecánicos son siempre secundarios; son medios, no un fin. Los mismos Padres que recomiendan introducir la atención en el corazón uniéndola a la respiración dicen que, cuando el intelecto tomó el hábito de estar unido al corazón -o, más exactamente, cuando esta unión se cumple por el don y la acción de la gracia-, el intelecto no tiene ya ninguna necesidad del auxilio de esos métodos mecánicos, sino que se une al corazón por si mismo, por su propio movimiento.

Encontrar el lugar del corazón

Cuando leemos en los escritos de los Padres algo que se refiere al lugar del corazón, que el intelecto descubre por la oración, debemos comprender que hablan de la facultad espiritual que existe en el corazón. Colocada por el creador en la parte superior del corazón, esta facultad espiritual es lo que distingue al corazón del hombre de aquél de los animales. Estos tienen, en efecto, como el hombre, la facultad de querer y desear, de experimentar celos o cólera. La facultad espiritual que está en el corazón se manifiesta -independientemente del intelecto- en la conciencia de nuestro espíritu, en los sentimientos de arrepentimiento, de humildad, de dulzura, en la contrición del espíritu, o la profunda lamentación por nuestros pecados y en otros sentimientos de orden espiritual; ahora bien, todo esto es extraño a los animales. La facultad intelectual en el alma del hombre, aunque espiritual, se encuentra en el cerebro, es decir, en la cabeza; igualmente, la facultad espiritual que llamamos el espíritu del hombre, aunque sea espiritual, se encuentra en la parte superior del corazón, cerca de la tetilla izquierda y un poco por encima. Así, la unión del intelecto y del corazón es la unión de los pensamientos intelectuales de la inteligencia con los sentimientos espirituales del corazón.

Un sentimiento de cálida ternura

Es esencial que en el momento de la oración, el intelecto esté unido al espíritu y que ambos reciten juntos la oración; pero mientras el intelecto trabaja con palabras, pronunciadas mentalmente o en voz alta, el espíritu actúa por un sentimiento de cálida ternura o por las lágrimas. La unión de ambos está regulada según el tiempo señalado por la gracia divina; pero para el principiante basta que el espíritu simpatice y actué con el intelecto. Si la atención es mantenida por el intelecto, el espíritu sentirá muy pronto un verdadero calor y ternura. El espíritu es a veces llamado el corazón, como el espíritu es a veces llamado la cabeza.

Oración del intelecto, del corazón y del alma

La oración es llamada “del intelecto”, cuando es recitada por el intelecto con una atención y la simpatía del corazón. Es llamada “oración del corazón” cuando es recitada por el intelecto unido al corazón, cuando el intelecto desciende en el corazón y ora en sus profundidades. La oración es llamada “oración del alma”, cuando surge del alma toda entera, con la participación del mismo cuerpo, cuando es ofrecida por el ser entero que se convierte, por así decirlo, en el medio de expresión de la oración.

En sus escritos, los santos Padres incluyen a menudo, bajo el nombre de “oración del intelecto” u “oración mental”, a la vez la oración del corazón y la del alma. Sin embargo a veces los distinguen. Es así como San Gregorio el Sinaíta dijo:” Llamad a Dios sin cesar con el intelecto o con el alma”. Pero en nuestros días, en que hay poca enseñanza oral sobre ese tema, conviene conocer las diferentes definiciones. Para algunos, es la oración del intelecto la que revela como más activa; para otros, la del corazón; para algunos otros, la del alma. Todo esto depende del don otorgado a cada uno, por naturaleza o gracia, por el Donador de todo bien. sucede también que, en el mismo asceta, prevalece, e incluso en la mayoría de los casos, esta oración está acompañada de lágrimas.

Cumplir los mandamientos
Antes y depués de la unión del intelecto y del corazón.

No se cumple con los mandamientos, antes de la unión del intelecto y el corazón, como se cumple después. Antes de esta unión, el asceta sólo cumple los mandamientos con mucho esfuerzo, pues le es necesario forzar y vencer su naturaleza caída; pero una vez que esta unión se realizó la fuerza espiritual que une el intelecto al corazón lo impulsa por sí mismo a cumplirlos y vuelve el esfuerzo fácil y agradable:”Corro por el camino de tus mandamientos, pues tú mi corazón dilatas” (Salmo 118, 32).

Lo esencial en la oración

Lo que es esencial durante la oración, es unir el intelecto al corazón. Esto no puede lograrse más que por la gracia de Dios y en el tiempo señalado por él. Las técnicas son ventajosamente reemplazadas por una recitación apacible de la Oración. Es necesario hacer una breve pausa entre cada invocación, la respiración deber ser calma y apacible, y el intelecto debe permanecer encerrado en las palabras de la oración. Por ese medio, se puede fácilmente alcanzar cierto grado de atención. Muy rápidamente el corazón comienza a sentirse en simpatía con la atención del intelecto mientras ora: comienza entonces a existir acuerdo entre el corazón y el intelecto y, poco a poco, ese acuerdo se transformará en unión del intelecto y del corazón: de ese modo, la manera de orar recomendada por los Padres se establecerá por sí misma. Los métodos mecánicos y corporales no han sido propuestos, únicamente, como medios de lograr fácil y rápidamente la atención en la oración, jamás como algo especial.

Lectura espíritual: Los autores rusos son más accesibles que los griegos

Todos los escritos de los Padres griegos son dignos del mayor respeto a causa de la gracia abundante y de la sabiduría espiritual que contienen y exhalan. Sin embargo, los escritos de los Padres rusos son más accesibles a causa de la claridad y de la simplicidad de sus exposiciones y también porque son más cercanos a nosotros en el tiempo. Los escritos del starets Basilio son lo primero que deberíamos leer aquéllos que desean practicar con éxito la oración. Es además, para eso, que el starets los compuso, y es por ello que se los llama “introducciones” o “estudios preliminares” a la lectura de los Padres griegos.

La otra ribera del Jordán

La práctica de la Oración de Jesús alcanza su cumbre cuando llega a la oración pura, la que es coronada por la apatheia o perfección cristiana, don de Dios, que él acuerda a esos luchadores espirituales cuando le place.

San Isaac el Sirio dijo:”Pocos reciben el don de la oración pura. Apenas se encuentra en cada generación una sola persona que alcanza el misterio cumplido en la oración pura y que, por la gracia y el amor de Dios, alcanza la otra ribiera del Jordán”.

Los adversarios de la Oración de Jesús

Algunas personas han desparramado un desdichado prejuicio contra la Oración de Jesús, aunque carecen de conocimiento personal que provenga de una correcta y larga práctica de la oración. Para esas personas, hubiera resultado más seguro y más sensato abstenerse de pronunciar un juicio sobre el tema: habrían medido su ignorancia completa acerca de esta tarea sagrada, en lugar de tomar sobre sí la misión de predicar contra la práctica de la Oración de Jesús y denunciar esa santa Oración como causa de ilusión diabólica y perdición del alma. Debo decir, a manera de advertencia, que condenar la Oración que utiliza el nombre de Jesús y atribuir a ese nombre un efecto perjudicial es tan violento como la condenación de los milagros de nuestro Señor pronunciada por los fariseos. Esa teoría ignorante y blasfema contra la Oración de Jesús, tiene todas las características de una pseudo-filosofía herética.

¿Conduce a la ilusión la práctica de la Oración de Jesús?

Hay personas que afirman que la Oración de Jesús es seguida de ilusiones, siempre, o casi siempre, y por lo tanto prohiben su práctica.

Admitir semejante idea y defenderla constituye una terrible blasfemia, una ilusión de un carácter totalmente deplorable. Nuestro Señor Jesucristo es la fuente única de nuestra salvación. El único medio por el cual podemos ser salvados y su Nombre humano ha recibido de su divinidad un poder santo e ilimitado para salvarnos. ¿Cómo podría, ese poder que opera nuestra salvación, el único poder que da la salvación, ser desnaturalizado y actuar para nuestra perdición? Semejante sugestión es absurda. Es un triste sin-sentido, blasfemo y destructor. Aquellos que siguen este razonamiento están verdaderamente embaucados por el demonio y abusan de una dialéctica falsa que proviene de Satanás.

Examinad las Santas Escrituras:encontraréis por todas partes el nombre del Señor Jesucristo glorificado y a su poder de salvación exaltado. Estudiad los escritos de los Santos Padres y veréis que todos, sin excepción, proponen y aconsejan la práctica de la Oración de Jesús, designándola como un arma más poderosa que ninguna otra en el cielo y sobre la tierra, un don de Dios, una herencia inalienable, uno de los legados más precisos y más elevados del Dios-Hombre, un consuelo muy dulce y lleno de amor, una prenda segura. En fin, id a los decretos canónigos de la Iglesia Ortodoxa Oriental, y veráis que, para sus hijos iletrados, monjes o laicos, la iglesia ha establecido la recitación de la Oración de Jesús, como supletoria de la lectura de los salmos y de las oraciones que se deben decir en la celda o la habitación de cada uno. ¿Qué peso, entonces, se puede acordar a los consejos de algunas personas ciegas, llevadas hasta las nubes y aplaudidas por otras también ciegas, en comparación con el testimonio unánime de las Santas Escrituras, de todos los Santos Padres y de los decretos canónigos de la iglesia respecto de la oración de Jesús?

La ilusión es de aquellos
Que no practican la Oración de Jesús

Existen buenas razones para mirar como error o ilusión el estado interior de esos monjes que, habiendo rechazado la práctica de la Oración de Jesús y el trabajo interior en general, se contentan con oraciones exteriores -asistencia asidua a los servicios de la iglesia y observancia estricta de una regla de oraciones privadas consistente exclusivamente en la recitación de salmos y oraciones vocales. No podemos dejar de estar imbuidos de sí mismos como lo explica el starets Basilio. Esa es precisamente la señal del espíritu imbuido de sí mismo: aquello que tienen ese defecto llegan a considerarse que llevan una vida de celo, y a menudo, por orgullo, desprecian a los demás. La oración verbal y vocal es ciertamente útil cuando está ligada a la atención, pero esto sólo sucede muy ocasionalmente, pues es sobre todo la Oración de Jesús la que nos enseña a conservar nuestra atención.

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LA ORTODOXIA, ETHOS Y THEOSIS

LA ORTODOXIA, ETHOS Y THEOSIS

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Nuestra Iglesia, en su significado religioso como en su connotación secular, ha preservado fielmente, no solo la Ortodoxia, la Catolicidad y la Conciencia de la fe Cristiana original, sino que también el ‘Ethos“, lo fundamental de la enseñanza de Cristo, esto es: La Etica del amor.

La ortodoxia se presenta como solución optimista frente a las ideologías y Credos conflictivos en este siglo. Occidente sufre una serie de dilemas tales como la oposición entre la naturaleza y la gracia, las obras y la fe, Sagradas Escrituras y tradición, Clérigos y Laicos, etc… Nuestra Iglesia no tiene tales dilemas y confusiones. Ella enfatiza una revelación natural en armonía con la gracia revelada, la fe y las buenas obras.

Por otra parte, en contraste con el pesimismo y la falsa ansiedad, muy extendida en algunas regiones, la Ortodoxia muestra su optimismo por su concepción en la dignidad del hombre, por su doctrina de la deidificación de la naturaleza humana bajo Dios, por su creencia del amor de Dios a la humanidad, y del amor del hombre hacia el hombre. El Evangelio de nuestra Iglesia es de Resurrección, de triunfo y de victoria. En la Ortodoxia el hombre no esta solo.

El sistema de la enseñanza Cristiana se basa en Dios como un ser supremo de vida y existencia, en el hombre como la imagen y semejanza de Dios, obra maestra de su creación y en Cristo, que unió lo divino con lo humano.

La doctrina Cristiana es guía y orientación para el hombre, mostrándole el verdadero camino.

El Cristianismo es un sistema espiritual de vida, pero ello no implica la negación del cuerpo o el descuido de las necesidades materiales. Más bien se trata de colocar cada elemento en su debido lugar. Los progresos materiales deben ser encausados adecuadamente a fin de que por ellos se consigan buenos logros y no conduzcan a la violencia, ni a su ruina ni a su miseria espiritual, sino más bien al progreso del género humano, a una san y pacifica convivencia; y al Reino de Dios. La Eternidad es el fundamento de los valores que la vida humana requiere para existir. El ser humano debe pues, reanimar dentro de si los valores eternos, para lo cual es necesario tener fe en ellos y por sobre todo en Dios. Una verdad viva y axiomatica es que el Cristianismo es un sistema supremo de principios únicos a través de los tiempos y que se construyen sobre la roca firme de la fe, es tambien un poder o fuerza que emana de la fe y toma la doctrina en vida (Hch. 18:27-28; 2Cor.3:2).

Frente a los fracasos de poderosos, fuerte y sabios de este mundo, el Cristianismo por medio del débil, del simple y del humilde muestra el poder de la fe, que es la única verdadera respuesta a la amenaza del poder de destrucción, la única verdadera respuesta a la amenaza del poder de destrucción, la única verdadera áncora de esperanza, a pesar de las dificultades presentes y que nos auguran un nuevo y mejor día.

La concepción del hombre como un ente psicosómatico, hecha de polvo y divinidad: “Algo menos que los Angeles” (Sal.8) y al mismo tiempo “Es como las bestias que perecen” (Sal.49).

Pese a sus rebeliones, el hombre se restaura a través de Dios y de aquel que tomó la naturaleza humana: Jesucristo. Este personifica la gracia y el amor a la humanidad (Tit.3).

El sacrificio de Cristo fue la suprema expresión de amor de Dios al hombre, y por amor, todos los hombres son llamados a la Resurrección de Cristo.

El hombre no es simplemente un animal, luchando constantemente por la supervivencia o un producto de un proceso evolucionario. El espíritu del hombre, su libre voluntad, su habilidad para pensar racionalmente y su capacidad creativa, indican claramente que el hombre es único, diferente y superior al resto de las criaturas. El es llamado a la “Theosis”, la deificación, pero preservando su individualidad. Dios ama al hombre y busca en retorno, el amor de este hacia su semejante.

Cuando los Ortodoxos se reunén para celebrar la Eucaristía se unen no solo con Cristo resucitado, sino entre ellos mismos.

La gran predicación de la Ortodoxia es el “amor” (1Jn.40:20; Rom. 13:8, Jn.3:16). Por eso la Ortodoxia ruega a los enemigos de la humanidad que se evite la lucha entre los hombres, afin de no destruir “La obra maestra” del Creador, puesto que nuestra Iglesia conoce y ha experimentado las persecusiones, las brutalidades del hombre, y las terribles consecuencias a que conduce el odio.

La unidad y solidaridad entre los hombres, supone la aplicación de las palabras del Apóstol San Pedro: “Amémonos unos a otros desde el corazón… Habiendo purificado nuestras almas por nuestra obediencia a la verdad… Por el verbo de Dios que vive y permanece para siempre” (Cfr. 1:22-23). El distinguido característico de los Cristianos es su unión en el naturalmente “Amor por el hombre” no significa amor por sus malas (falsas) creencias (=herejías), muchas veces vemos en el Nuevo Testamento que Jesucristo él mismo y los Santos Apóstoles condenaron las herejías, las falsas enseñanzas y la persistencia en ellas: “Jerusalén, tu matas a los profetas y apedreas a los que Dios envía Cuantas veces quise contar a tus hijos como la gallina recoge a sus pollitos bajo las alas, y túno lo has querido!, por eso se quedaran ustedes con su casa vacía” (Mateo 23:37-38, Lucas 13:34-35).

“Pero aunque viniéramos nosotros o viniera algún Angel del Cielo para anunciarles el Evangelio de otra manera que lo hemos anunciado. Sea maldito!. (Gálatas 1:8).

“Si alguien fomenta herejías en la Iglesia le llamaras la atención una primera y una segunda vez; después rompe con él, sabiendo que es un descarriado y culpable que se condena así mismo”. (Tito 3:10-11).

Y también lo vemos entre otros pasajes en 2 Pedro 2:17-21, en Judas 12-13, en 2 Juan 9-11, en 3 Juan 3-4.

Caracteriza a la Ortodoxia una profunda espiritualidad sacramental, portadora del Espíritu Santo; una decidida confianza en el Señor; una firme lealtad a los Apóstoles y Padres de la Iglesia; una moral fuertemente enraizada en la Bíblia y en los dogmas, una liturgia de gran significado Teológico, rica en expresividad dogmática; una liturgia que, además de la solemnidad, tiene la particularidad de llagar íntimamente al corazón de todos; desde el más humilde hasta el más culto. Una participación y experiencia de la santificación de los feligreses, la experiencia y el conocimiento de Dios por ellos, la deificación de los feligreses y el Reino de los Cielos por ellos.

Recursos para entender la doctrina de la iglesia ortodoxa rusa

Recursos para entender la doctrina de la iglesia ortodoxa rusa

La doctrina de la iglesia ortodoxa rusa puede ser algo difícil de entender, y es por eso que hemos hecho esta guía de recursos esperando que a tí, principiante o iniciado, te ayuden a aprender con más facilidad y a llevar mejor tu doctrina.

Estos recursos no están acomodados en un orden en particular.

  1. ¿Qué es la iglesia ortodoxa rusa?
  2. La historia de la iglesia ortodoxa rusa.
  3. La organización de la iglesia ortodoxa rusa.
  4. La catedral de San Basilio.
  5. Entendiendo el culto ortodoxo.
  6. El mejor blog ortodoxo.
  7. ¿Qué es la oración?
  8. ¿Por qué la devoción es siempre la mejor respuesta?
  9. ¿Cómo santiguarse si eres ortodoxo?
  10. Diferencias entre la iglesia católica y la iglesia ortodoxa rusa.
  11. Todo sobre el monasticismo.

Esperamos que estos recursos te sean útiles en tu devoción.

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Organización de la iglesia ortodoxa rusa

Organización de la iglesia ortodoxa rusa

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Este listado muestra la organización de las iglesias más importantes de la iglesia ortodoxa rusa. Para obtener más información de cada iglesia. Haz clic en su respectivo enlace. Incluso puedes hacer contacto con ellos en las direcciones de correo electrónico que se proporcionan en cada una de las iglesias.

Patriarcado Ecuménico de Constantinopla

Su Toda Santidad, Arzobispo de Constantinopla, Nueva Roma y Patriarca Ecuménico Kyrios Kyrios Bartholomeos I

Rum Patrikhanesi, 34.220 Fener-Halic- Istanbul -Türkiye

http://www.epnet.gr
http://www.patriarchate.org

Patriarcado de Alejandría

Su Beatitud, Papa y Patriarca de la Gran Ciudad de Alejandría, Libia, Pentapoleos, Etiopía y Toda Africa, Kyrios Kyrios Petros VII

B.P.2006-Alexandrie, Egypte

email goptalex@tecmina.com
website http://www.greece.org/gopatalex

Patriarcado de Antioquía

Su Beatitud Patriarca de la Gran Ciudad de Dios Antioquía, Siria, Arabia, Cilicia, Iberia, Mesopotamia y de todo el Oriente, Kyrios Kyrios Ignacio IV

Greek-Orthodox Patriarchate of Antioch
B.P. 0009, Damascus, Syria

e-mail archdiocese@antiochian.org
website http://www.antiochian.org

Patriarcado de Jerusalén

Su Beatitud Patriarca de la Santa Ciudad de Jerusalén, y toda Palestina, Siria, Arabia, Mas allá del Jordán, Caná de Galilea y Santa Sión, Kyrios Kyrios Irineos

P.O. Box. 19 632-633. East Jerusalem, Israel.

websites:
http://www.jerusalem-patriarchate.org
http://www.holylight.gr/patria/enpatria.html

Patriarcado de Moscú

Su Beatitud Patriarca de Moscú y de Toda Rusia Kyrios Kyrios Alexis II

Moscow Patriarchate, DECR Danilov Monastery, 22 Danilovsky Val, Moscow 113191, Russia.

e-mail commserv@mospat.dol.ru
website http://www.russian-orthodox-church.org.ru

Patriarcado de Serbia

Su Beatitud Arzobispo de Pec, Metropolita de Belgrado y Karlovic y Patriarca de los Serbios Kyrios Kyrios Pavle

Serbian Patriarchate
Kralja Petra br. 5
Belgrade 11000, Yugoslavia

website http://spc.org.yu

Patriarcado de Rumania

Su Beatitud Arzobispo de Bucarest, Metropolita de Hungrovalaquia y Patriarca de Rumania Kyrios KyriosTheoktist

Romanian Patriarchate
Aleea Patriarhiei 2
Bucharest 70526, Romania

Patriarcado de Bulgaria

Su Beatitud Metropolita de Sofía y Patriarca de Toda Bulgaria Kyrios Kyrios Maxim

Bulgarian Patriarchate
Oboriste 4
Sofia 1090, Bulgaria

e-mail synod@aster.net
website http://www.aster.net/ort.church.bg

Patriarcado de Georgia

Su Beatitud Arzobispo de Mtsheta y Tbilisi y Patriarca Catolicós de Toda Iberia Kyrios Kyrios Ilia II

Patriarchate of Georgia
Erekle II, Square# 1
Tblisi 380 005, Georgia

e-mail eclesia@viamnet.edu.ge y ecclesia@access.sanet.ge

Iglesia de Chipre

Su Beatitud, Arzobispo de Nueva Justiniana y de Todo Chipre, Chrisostomos

Church of Cyprus
POB 1130
Nikosia 1016, Cyprus

Iglesia de Grecia

Su Beatitud, Arzobispo de Atenas y de Toda Grecia, Christodoulos

Church of Greece
Ag. Philotheis 21
105560 Athens, Greece

website http://www.ecclesia.gr

Iglesia de Polonia

Su Beatitud, Arzobispo de Varsovia y de Toda Polonia, Savva

Al. Solidarnosci 52
03402 Warszawa, Poland

Iglesia de Albania

Su Beatitud Arzobispo de Tirana y de Toda Albania, Anastasios

Kisha Orthodokse Autoqefale te Shqiperise
Rr. e Kavajes 151,
Tirana, Albania

Iglesia de la República Checa y Eslovaquia

Su Beatitud, Arzobispo de Praga y de Toda la República Checa y Eslovaquia, Nikolai

Central Ministry of the Orthodox Church
Delostrelecka ul. 7
160 00 Praha 6

Dirección Postal
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111 21 Praha 1

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Arzobispado de Finlandia

Su Eminencia Arzobispo de Karelia y de Toda Finlandia K. Johann

The Office of the Orthodox Archbishop of Finland
Karjalankatu 1, FIN-70110 Kuopio, Finland

email ortkh@ort.fi
website http://www.ort.fi

El culto ortodoxo

El culto ortodoxo

El culto es una experiencia que envuelve a la Iglesia entera.  Cuando cada uno de nosotros cuando nos reunimos para el culto, lo hacemos como miembro de una Iglesia que trasciende los límites de la sociedad, del tiempo y del espacio. Aunque nos reunimos en un momento y lugar determinados, nuestras acciones van más allá de la parroquia y llegan al Mismo Reino de Dios.

El Culto es una manifestación de la presencia y acción de Dios en medio de su pueblo. Es Dios que se une a su pueblo disperso, y es Él quien se revela cuando entramos en su presencia.  Dios habita en medio de su pueblo y estamos creados para compartir su vida.

El culto es nuestra respuesta colectiva de agradecimiento a la presencia de Dios y un recuerdo de su obra salvadora, especialmente la vida, muerte y resurrección de JESUCRISTO.

El Culto Ortodoxo está centrado en Dios.  El ha actuado en la historia y continúa actuando mediante el Espíritu Santo.  Tenemos presente sus acciones y respondemos a su amor con alabanza y gratitud, y al hacerlo nos acercamos a Dios.

El Culto en la Iglesia Ortodoxa se expresa de cuatro maneras principales:

  1. La Eucaristía: Es el eje del culto de la Ortodoxia.  Eucaristía significa “Acción de gracias”, y se conoce en la Iglesia Ortodoxa como la Divina Liturgia.
  2. Los Sacramentos o Misterios: Afirman la presencia y acción de Dios en los acontecimientos importantes de nuestra vida cristiana.  Todos los Sacramentos Mayores están relacionados con la Eucaristía, éstos son:  Bautismo, Crismación ( Confirmación), Confesión, Eucaristía, Matrimonio, Orden Sagrado y Unción de los enfermos.
  3.  Los Servicios y Bendiciones especiales:  También afirman la presencia y acción de Dios en los eventos, necesidades y tareas de nuestras vidas.
  4.  Los Oficios diários:  Que son los Oficios de Oración Pública que se realizan durante el día.  Los más importantes son Maitines, que es la Oración matinal de la Iglesia, y  Vísperas, que es la Oración de la tarde.

Características

Aunque los servicios Ortodoxos frecuentemente son elaborados, solemnes y largos, ellos expresan un sentido profundo y lleno de alegría.  Es una expresión de nuestra creencia en la Resurrección de Cristo y la deificación de la humanidad.

El Culto no se expresa solamente con palabras, además de las oraciones, himnos y lecturas de la Escritura, hay varias ceremonias, gestos o movimientos significativos y procesiones.  La Iglesia hace mucho uso de símbolos no  verbales para expresar la presencia de Dios y nuestra relación con Él.  El culto ortodoxo abarca y envuelve a la persona entera: intelecto, voluntad, sentimientos, cuerpo y sentidos.

Nuestro culto posee una estructura y diseño básicos, que han sido fundamentales para conservar su dimensión colectiva y mantener la continuidad con  el pasado.

Hay elementos que no se cambian, y hay partes que varían según la fiesta, tiempo o circunstancia particular.

El culto sirve para fortalecer y comunicar la fe.  Las oraciones, himnos y gestos litúrgicos de la Ortodoxia son medios de enseñanza.  El hecho de regular los Servicios también sirve para conservar la fe verdadera, y para guardarla y protegerla del error.

La celebración de la Divina Liturgia y de los Sacramentos está siempre dirigida por un clérigo ordenado Sacerdote, quien comunmente está asistido por un diácono.  Cuando el Obispo está presente, él preside los Oficios.

Ya que el culto en la Ortodoxia es una expresión de la Iglesia entera, se requiere la participación activa de la congregación.  No hay Oficios “privados” en la Iglesia Ortodoxa, y ninguno puede ser celebrado sin congregación.

La congregación debe participar activamente en los Oficios cantando los himnos, respondiendo a las  peticiones de las Letanías, haciendo la señal de la Cruz, inclinándose y especialmente recibiendo la Santa Comunión durante la Divina Liturgia.

La Letanía es una parte fundamental de los Oficios ortodoxos.  Una Letanía es un diálogo entre el Sacerdote o el Diácono y la congregación, que consiste en un número de Oraciones-peticiones, a las cuales la congregación responde:  “Señor , ten piedad”   o  “Concédelo Señor”.

El culto ortodoxo no tiene un idioma oficial o universal para la Liturgia, frecuentemente se utilizan dos o más idiomas en los Servicios para acomodarse a las necesidades de la congregación.  En todo el mundo, se celebran los Servicios en más  de veinte idiomas incluídos el árabe, ruso,eslavo,inglés, griego, español, rumano, finlandés, japonés, albano, portugués y francés.

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El mejor blog ortodoxo en existencia

El mejor blog ortodoxo en existencia

En una de sus actualizaciones del Centro de Información Ortodoxa Cristiana, el administrador del sitio web Patrick Barnes dijo:

Ora et Labora. Este es el mejor blog que he visto sobre la Cristianidad Ortodoxa. El Blogger, un clérigo Ortodoxo Ruso que desea mantenerse anónimo, postea frecuentemente y con un análisis muy bueno así como mucha sabiduría.”

Después de sólo unos días de leer Ora et Labora, podemos decirles para corroborar las palabras de Patrick y de todo corazón recomendarles este blog. Lo admitimos: Por mucho, no leemos muchos blogs ortodoxos. Pero aquí hay una notable excepción pseudo-académica, y muy importante, el Ortodoxismo militante americano parece dominar la Internet.

Debido a que muchas personas en muchas partes han preguntado en el pasado acerca de blogs por autores Ortodoxos que valga la pena seguir e invertir tiempo en ellos, aprovecharemos esta oportunidad para enmcarcar a algunos que pensamos que valen la pena además de Orta et Labora, los cuáles seguimos nosotros personalmente y los encontramos útiles e interesantes:

Seguramente que existen muchos otros, pero nuevamente, estos son los que seguimos, y no nos han decepcionado. También está, claro, el blog de Kevin Edgecomb: Biblicalia, pero siempre lo he considerado más bíblico que ortodoxo.

¿Qué es la oración?

¿Qué es la oración?

No podemos hacer oración bien si primero no sabemos qué es. Descubre la oración y qué es exactamente

La oración es a la vez algo fácil y difícil. Fácil porque hablar con Dios es algo que podemos hacer en cualquier momento, prácticamente en cualquier circunstancia. Y es difícil porque a veces no sabemos exactamente qué es hacer oración, porque las ocupaciones diarias nos absorben o simplemente porque hay una gran resistencia a sentarse un rato para hablar con Dios.

Para poder hacer bien la oración, para rezar bien, es importante entender qué es la oración.

Orar es hablar con Dios, de tú a tú, como le habla un hijo a un padre. Y a Dios podemos decirle cualquier cosa: lo que vivimos, nuestras preocupaciones, lo que hemos logrado, en lo que necesitamos su ayuda, incluso platicarle nuestro día tal y como lo haríamos con la gente a la que le tenemos confianza y le queremos. La oración es un dirigirse a Dios para alabarlo, agradecerle, reconocerlo y pedirle cosas que sean para nuestro bien.

Es buena idea conocer las definición de oración de algunos autores espirituales, santos, doctores de la Iglesia y el Santo Padre:

• No es otra cosa oración mental, a mi parecer, sino tratar de amistad, estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos nos ama (SANTA TERESA, Vida, 8, 2).

• La oración es la elevación del alma hacia Dios y la petición de lo que se necesita de Dios. (SAN PEDRO DAMIAN, en Catena Aurea, vol. III, p. 304)

• La oración es la elevación de nuestro corazón a Dios, una dulce conversación entre la criatura y su Criador.(SANTO CURA DE ARS,Sermón sobre la oración)

• La adoración es el acto por el que uno se dirige a Dios con ánimo de alabarle (ORIGENES, Trat. sobre la oración, 14).

• La oración es el acto propio de la criatura racional. (SANTO TOMÁS,Suma Teológica, 2-2, q. 83, a. 10)

• La oración es el reconocimiento de nuestros límites y de nuestra dependencia: venimos de Dios, somos de Dios y retornamos a Dios. Por tanto, no podemos menos de abandonarnos a El, nuestro Creador y Señor, con plena y total confianza […]. La oración es, ante todo, un acto de inteligencia, un sentimiento de humildad y reconocimiento, una actitud de confianza y de abandono en Aquel que nos ha dado la vida por amor. La oración es un diálogo misterioso, pero real, con Dios, un diálogo de confianza y amor. (JUAN PABLO II, Aloc. 14-III-1979)

El Catecismo de la Iglesia Católica nos explica en síntesis que “La oración es la elevación del alma hacia Dios o la petición a Dios de bienes convenientes” (CEC 2590), es decir, pedirle lo que es bueno para nuestra alma y nuestra salvación. Cualquier cosa que sea contraria a esto, por supuesto que no nos la concederá, porque ante todo nos ama y nunca haría nada para hacernos daño.

En las definiciones anteriores encontramos varias palabras “clave” en el concepto de la oración: diálogo, elevación, adoración, tratamiento de amistad. En la oración nuestra mente se eleva a Dios para alabarlo y pedirle cosas convenientes a nuestra salvación.

Ya sabemos qué es la oración, aunque hay muchos tipos diferentes. Mencionaremos las clases de oración más importantes:

En primer lugrar, muchos pueden preguntarse qué diferencia hay entre la oración que se hace por ejemplo en la Santa Misa y la que hacemos solos frente al Sagrario o en nuestra casa, esto es la diferencia entre la oración privada y la pública. Explicaremos la primera:

Algunos recordarán que Jesucristo nos dijo “…cuando vayas a orar, entra en tu aposento y, después de cerrar la puerta, ora a tu Padre, que está allí, en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará. ” Mt 6,6 Esta es una oración privada, personal en la que solamente estamos a solas con Dios. Esta oración es fundamental, verdaderamente el pilar de la vida interior. Con ella nos acercamos a Dios y nos dirigimos a Él que es persona. Dios, nuestro Padre en el cielo está siempre presente y lo puede todo (es omnipotente y omnipresente), y cuando Jesús nos indica que vayamos a nuestro aposento y cerremos la puerta para orar privadamente, es porque Dios quiere vernos a solas, como una Padre se sienta a hablar cariñosamente con su hijo sobre las cosas más privadas, más trascendentes y más importantes. Jesús comprende nuestra necesidad de consuelo, de ayuda y nos invita a que en la intimidad, nos dirijamos con toda la confianza del mundo a nuestro Padre para pedirle cuanto nos haga falta.

Jesucristo nos da testimonio de que está en continua comunicación con su Padre y nos invita a hacerlo. Jesús ora en el Bautismo (Lc3,21); en su primera manifestación en Cafarnaún (Mc 1 ,35; Lc 5,16); en la elección de los Apóstoles (Lc 6,12). Noches enteras pasa el Señor en diálogo de oración con su Padre (Lc 3,21; 5,16; 6,12; 9,29; 10,21 ss.). Jesús enseñará a sus discípulos que han de orar en todo tiempo (Lc 18,1). La plegaria de Jesús pone de manifiesto su confianza filial con Dios-Padre que se traducirá en la familiar expresión de Abba, Padre (Mc 14,36). Lo mismo sucede con las diversas peticiones que formula en la oración sacerdotal ( lo 17), poco antes de su Pasión (Mt 26,36-46; Mc 14,32-42; Lc 22,40-46), y en la petición por sus verdugos (Lc 23,34). Jesús -ante la pregunta de uno de sus discípulos- ha dejado a los cristianos no sólo el modelo de su propia oración, sino también el cómo y la manera de hacerla (Lc 11,1-4). El Señor instruye a sus discípulos para que hagan bien la ORACIÓN, sin charlatanería (Mt 6,5-15); con una postura de humildad, tal y como nos lo señala la parábola del fariseo y el publicano (Lc 18,9-14); en unión de la fe y la con- fianza, como requisitos de eficacia para él orante (Mt 11 , 24; Lc 17 ,5 ss.).

Como podemos ver, esta oración privada es fundamental en la vida de piedad de todo católico. Ahora bien, no debemos olvidar que todos los bautizados formamos parte de la Iglesia (y en ese sentido somos parte del cuerpo místico de Cristo); el Señor nos dijo que “donde están dos o tres reunidos en mi nombre , allí estoy yo en medio de ellos.” Mt 18,20 La oración también puede hacerse en conjunto con otras personas, incluso Jesucristo le da tanto valor que promete “estar en medio de nosotros” cuando lo hagamos. Esa es la oración pública, la que se hace en nombre de la Iglesia, por un ministro destinado legítimamente a este fin (CIC, can. 1256; v. III). Este tipo de oración suele tener un carácter eminentemente litúrgico, como le ocurre al rezo del Oficio divino. Santo Tomás le llamaba a esta oración común; y considera que debe realizarse en voz alta para que el pueblo fiel tenga conocimiento de ella. La oración privada es la que ofrece la persona individual por sí misma o por los demás.

Una vez que hemos entendido la diferencia entre oración pública y oración privada, llega el momento de comentar la oración que se expresa hacia afuera de forma visible y externa (o sea con palabras) y la oración que hacemos sin palabras, sin que nada en nuestro exterior lo exprese, pero que se da dentro de nuestra mente como un acto de raciocinio. Cuando la oración se exterioriza con palabras se le llama oración vocal.

Don Antonio Royo Marín, O.P. nos dice en su Teología Moral para Seglares que “La oración vocal está al alcance de todos. No se requiere de una fórmula determinada, si bien la ofrece insuperable el Padrenuestro. Para que sea verdadera oración es preciso que se haga con atención (toda distracción voluntaria es un pecado venial de irreverencia) y con profunda piedad.”

La la oración es interior, sin que existan palabras habladas, se le llama oración mental. En ella el diálogo con Dios se realiza mediante nuestra razón y nos dirigimos a Dios hablándole con nuestra mente. Esta oración puede ser un diálogo con el Señor (recordemos que para el católico la oración no es necesariamente un monólogo) y en ese sentido la oración mental se llama discursiva porque, en efecto, es un discurso.

La oración es acto de raciocinio

La oración, nos enseña Santo Tomás de Aquino, es una un acto de raciocinio, sin olvidar que nuestros sentimientos y afectos forman parte de dicha acción. La oración debe dejarnos una resolución práctica y concreta. La oración en la que predominan los afectos sobre el entenidmiento es afectiva que cada vez qeu se simplifica más se convierte en oración de sencillez.

Ahora bien, además de la oración discursiva, hay otro tipo de oración mental que es la contemplativa. En ella se da un total recogimiento de los sentidos y un “silencio interior” que nos permite escuchar mejor a Dios. Es, efectivamente, como contemplar a Dios, pero no es un contemplarle con la vista, sino una contemplación del alma.

La oración contemplativa (también conocida como mística), es de gran profundidad. Las almas con un gran avance espiritual pueden recibir de Dios grandes dones y un inmenso gozo en la oración contemplativa. En esta oración, Dios puede permitir que nuestra alma tenga un recogimiento, una paz y un sosiego excepcionales. Con ello llega una quietud derivada de la presencia de Dios que cautiva la voluntad y llena el alma y el cuerpo con una suavidad y un deleite imposibles de describir con palabras.

Hay un punto en la vida de oración en la cual se puede dar una unión intensa en la que todas las potencias del almas se cautiven y estén absortas en Dios. Esta unión puede ser tan fuerte e intensa que se suspenden los sentidos internos y externos. El alma no ve nada ni oye nada de lo que ocurre en el exterior. Es lo que se llama una unión extática. Y el alma que ha logrado traspasar todas estas corrientes de la vida interior, llega a una transformación total en Dios, en donde ambas partes se entregan totalmente la una a la otra.

Todo cristiano puede llegar a estos puntos en una cumbre de la vida interior. La santidad está al alcance de toda alma que sea verdaderamente fiel a la gracia y generosa al servicio de Dios. Todo lo que hemos descrito en el párrafo anterior no está reservado para unos pocos aristócratas del espíritu, por el contrario, en el desarrollo progresivo y normal de la gracia santificante ocurre. La unión con Dios en un sentido pleno debería ser el preludio normal de la visión beatífica, alcanzado en este mundo por todos los fieles bautizados. Esto nos lo enseña Santa Teresa de Jesús y San Juan de la Cruz, plenamente de acuerdo con los principios más firmes de la teología católica. El concilio Vaticano II ha proclamado con fuerza el llamamiento universal a la santidad para todos los hombres sin excepción (Constitución Lumen gentium c.5).

Hemos recorrido un buen camino hasta ahora, pero no nos perdamos de la vía principal. Hay muchos tipos de oración, y conforme se avanza en ella la Gracia de Dios comienza a actuar más y más en el alma, pero no olvidemos nuestro concepto fundamental. Y respondiendo a la primera pregunta ¿Qué es la oración? recordemos que

“La oración es la elevación del alma hacia Dios o la petición a Dios de bienes convenientes” (CEC 2590)

Fuente: encuentra.com

Por qué la devoción es siempre la mejor respuesta

Por qué la devoción es siempre la mejor respuesta

Conclusión de la Homilia de Fr. Anthony Perkins

Han sido tiempos difíciles. Es el momento exacto para nosotros para reunirnos en devoción por los momentos difíciles.

  • Porque la devoción nos recuerda quienes somos, no víctimas o partidiarios de un mundo emproblemado, si no hijos e hijas de Dios, salvados a través del que vino al mundo no a juzgar ni condenar, sino a salvarlo.
  • Porque cuando nos reunimos en devoción, no sólo nos consolamos a nosotros, sino que somos alguien con una postura: la paz reinará en este mundo y comenzará no después de una elección ni después de que las personas finalmente aprendan a respetarse, entenderse y amarse; no, el reuno de la paz comienza aquí y ahora entre nosotros en este lugar. Y vamos a tomar la paz y a sembrarla en nuestras casas, con nuestras amistados y en cualquier lugar que caminemos, platiquemos y nos comuniquemos (si, incluso en las redes sociales).
  • Porque el señor conoce nuestro dolor y el dolor de este mundo, y además de darnos las tácticas necesarias para expandir su visión de la felicidad, nos da sus palabras de aliento.

Ninguna de estos cosas son nuevas para nosotros. Son parte de nuestra identidad como hijos de Dios y como Cristianos. Son tan parte de nuestra identidad como Cristianos, que están escritos dentro de nuestro ADN. Pero algunas veces las olvidamos, estamos tan encerrados en las dificultades del vivir que nos olvidamos de nuestra victoria, y la victoria de la humanidad, que ya ha sido ganada.

Como santiguarse si eres ortodoxo

Como santiguarse si eres ortodoxo

Para santiguarte correctamente debes juntar los tres dedos iniciales de tu mano derecha (es decir, el pulgar, índice y medio). Posteriormente, los dedos restantes de la mano los debes doblarlos hacia la palma de la mano.

Signo ortodoxo

Los tres dedos significan la fe en la Santísima Trinidad. Padre, Hijo y Espíritu Santo. A su vez, los dedos doblados hacia la palma significan el Hijo de Dios que bajó a la Tierra y se hizo hombre; lo que demostró sus dos naturalezas divinas y humana.

Pasos para percinarse correctamente si eres ortodoxo

Percinarse ortodoxo

  1. Ponemos los tres dedos juntos.
  2. Los llevamos a la frente (para santificar nuestra mente).
  3. Después los llevamos al pecho o abdomen (para santificar nuestros sentimientos interiores).
  4. Después los llevamos al hombro derecho e izquierdo, para santificar todas nuestras fuerzas del cuerpo.

Esta es una manera muy vieja de percinarse, pero aun se conserva en la iglesia ortodoxa Rusa. Lo que trata de hacer esta costumbre es expresar de manera sencilla y lógica la doctrina trinitaria.

Palabras al santiguarse

A diferencia de lo que se dice al santiguarse en la doctrina cristiana, en la ortodoxa se dice:

  1. “En el nombre del padre” (en la frente).
  2. “Del hijo” (en el abdomen).
  3. “Del espíritu santo” (en el hombro derecho).
  4. “Amén” (en el hombro izquierdo)

La señal de la cruz es una forma de obtener fortaleza para vencer el mal. Hay que hacerlo correctamente, sin apuro, con respeto y de forma consciente.

Debemos persignarnos: al iniciar, durante y al final de una oración; al reverenciar los iconos; al entrar y salir de la Iglesia; al besar la Cruz; también hay que hacerlo en los momentos difíciles de nuestras vidas, en alegrías y penas, en dolor y congoja; antes y después de las comidas.